Tierra de nadie

Daría una mano

05.07.2016 | 05:00

Hay libros que gozan del prestigio de lo que se lee y libros que gozan del prestigio de lo que no se lee. Entre estas dos clases (con sus numerosas subclases) existe un foso lleno de oscuridad. Hay lectores que desde los libros que se leen miran al otro lado del foso y ven títulos que les tientan, pero a los que nunca se acercarán. En cierto modo, se los saben, o creen que se los saben, debido a esa especie de ósmosis colectiva por la que todo el mundo conoce El Quijote sin haberlo leído. Viene esto a cuento de que el año pasado Anagrama publicó El hambre, de Martín Caparrós, que se convirtió enseguida en un libro de referencia; en otras palabras, de los que no se leen (no se leen mucho, al menos), pero de los que todo el mundo relata maravillas. Yo me encontraba entre los que creía sabérmelo hasta que la otra tarde se me ocurrió abrirlo, para lamentar a las treinta o cuarenta primeras páginas la injusticia de que no hubiera sido un best-seller. No una injusticia para el libro ni para el autor, que también, sino para sus no-lectores.

El no-lector de El hambre se está privando de un conocimiento esencial. ¿Pero cómo convencerlo de que acuda ya mismo a una librería o a una biblioteca pública, se haga con él y empiece a deglutirlo para aprender lo que quizá ya sabe, aunque lo sabe sin sentido, sin articular, sin provecho alguno para él mismo y para quienes le rodean? El hambre es un relato minucioso de esa construcción llamada hambre. Caparrós la monta y la desmonta en un relato prodigioso en el que se advierte, por decir algo, la locura mística de los antiguos constructores de catedrales. Aquí un arbotante, aquí un arco, aquí una gárgola, aquí la nave central, las laterales, la cúpula. Todo ese juego de fuerzas y contrafuerzas precisas para mantener en pie un pensamiento complejo. El hambre como arquitectura. Los dueños del hambre, que no son los que la padecen, sino los que especulan con ella en las Bolsas del mundo, como sus arquitectos. Los mercados del hambre. Sus dividendos. Teme uno que al hablar de este libro contribuya a aumentar su prestigio de libro de referencia y por lo tanto el número de sus no-lectores. Pero lo que no se puede evitar no se puede evitar. Daría una mano por haberlo escrito.

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