Crónicas galantes

Empoderando a la gente

Quieren, como Lennon, concederle poder al pueblo mediante la asamblea. Luego puede ocurrir que los nuevos políticos se comporten como los de siempre y tomen sus acuerdos en el politburó

13.07.2016 | 05:00

Planea la nueva izquierda de Podemos, aliada con la vieja de Julio Anguita, el «empoderamiento» de la gente, aunque en realidad eso ya lo había propuesto John Lennon hace cuarenta años en su Power To The People. El beatle se arrepentiría posteriormente de haber escrito la canción; pero es que todo el mundo madura.

«Empoderar» e «implementar» son palabras de uso habitual entre los políticos emergentes que suenan un tanto raras, quizá porque estén directamente traducidas del inglés. La idea del famoso empoderamiento –o empowerment– consiste en proporcionar a la gente menos favorecida por las circunstancias un aumento de jerarquía que le permita revertir su posición. O darle la vuelta a la tortilla, por decirlo coloquialmente.

Quieren, como Lennon, concederle poder al pueblo mediante la asamblea, la consulta a las bases y, cuando se ponen estupendos, la convocatoria de un referéndum para que la gente tome sus propias decisiones. Luego puede ocurrir que los nuevos políticos se comporten como los de siempre y tomen sus acuerdos en el politburó formado por los cuatro que salen en la tele. La realidad y las ensoñaciones tienden a entrar en conflicto, ya se sabe.

Como quiera que sea, el referéndum –máxima expresión del empoderamiento– es una técnica de consulta que ha ido perdiendo prestigio con los años. El ruso Vladimir Putin, por ejemplo, organizó no hace mucho un referéndum exprés –visto y no visto– para convalidar la anexión de Crimea a Rusia perpetrada previamente por la fuerza de las armas.

Lo mismo había hecho décadas atrás Adolf Hitler, cuando consiguió que un 99,73 por ciento de los austriacos votasen a favor de la anexión de su país por el III Reich. De ahí el santo temor que la sola idea de un referéndum produce a los actuales alemanes desnazificados. No es que su Constitución prohíba este tipo de consultas, naturalmente; pero les pasa lo mismo que a los curas con respecto al pecado: que en principio no son partidarios.

El propio general Franco, cuya política «social» de pagas, pensiones y seguros médicos reivindica –quizá sin advertirlo– Podemos, era un gran aficionado a las consultas populares. De hecho, organizó dos sobre la ley de la Sucesión a la Jefatura del Estado y la Ley Orgánica Fundamental que le salía de los órganos al dictador; además de un tercero, menos conocido, sobre la independencia de la colonia de Guinea Ecuatorial. En el que los guineanos votaron a favor, por cierto; y desde entonces (año 1968) están empoderados por toda suerte de sátrapas.

La fórmula en sí no tiene por qué ser mala, desde luego. Los suizos la practican casi a diario para dilucidar asuntos de tanta enjundia como la obligatoriedad de la mili, las vacaciones o la oferta de un sueldo para todos sin necesidad de trabajar. Pero eso solo parece funcionar en la Confederación Helvética, país de gente extravagante que prefiere seguir cargando con el fusil y el macuto, rechaza el aumento de vacaciones y desdeña el cobro de una renta básica universal.

En los demás países, los referendos los carga el diablo y los disparan los votantes, como se acaba de ver en el del Reino Unido, donde el resultado no convenció siquiera a los ganadores. Igual habría que preguntar primero a la gente si quiere que la empoderen o prefiere delegar en los políticos electos el trabajo de tomar decisiones. Y que se equivoquen ellos.

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