La Mirilla

Tiene que acabar

La conmoción de las conciencias no debe convertirse en la venganza del ojo por ojo, sino gestar dispositivos de seguridad

16.07.2016 | 01:01

El odio islamista sigue desestabilizando la precaria paz del mundo, y esto tiene que acabar. No contento con las recientes masacres en suelo francés y belga, el fanatismo contra nuestra civilización se anota otro centenar de muertos en el atentado de Niza. Es una guerra desigual y cobarde, pero guerra en definitiva. Guerra unilateral, en la que un loco suicida se lleva por delante a un centenar de ciudadanos al exiguo precio de su autoinmolación. Desigual, porque ni siquiera los estados de máxima emergencia pueden controlar las infiltraciones terroristas sin grave quiebra de la libertad. Y guerra cobarde por volver contra ellas –a un mínimo coste– los valores de las sociedades democráticas.

Esto tiene que acabar antes de que la justa indignación y el dolor de las gentes hagan bascular el respeto a los valores hacia su puesta en duda, fomentada además por ideas totalitarias que crecen al abrigo de la libertad. Los golpes masivos contra la cultura de Occidente comenzaron en Nueva York hace quince años y no han cesado desde entonces. Las pérdidas humanas del fanatismo son irrelevantes en comparación con las sufridas en el lado de la paz, pero no es defendible una guerra formal -nunca lo es- en respuesta a la guerra del terror. La conmoción de las conciencias no debe convertirse en la venganza del ojo por ojo, sino gestar dispositivos de seguridad de alcance mundial.

Están muy bien las grandes conferencias sobre problemas económicos o ambientales, pero hasta el momento no se ha conocido algo similar en materia de seguridad. Las limitaciones y los sistemas de veto de la ONU están fuera de la solución y tal vez son parte involuntaria del problema. El acuerdo global, que naturalmente debería incluir a los paises islámicos ajenos al terrorismo, es una exigencia indemorable antes de volver a guerras como la del Golfo y la de Irak, origen del proceso que aboca a matanzas como la de Niza. Los intereses de parte deben ceder ante la trascendencia de una deseable entente de todas las culturas del mundo. El no a la guerra exige como condición previa un consenso que garantice la seguridad. Es así como el llanto por las víctimas puede ser la energía de un nuevo orden mundial nacido del respeto a la vida humana.

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