Cartas al director

17.07.2016 | 05:00

Errores políticos, por Martín Sagrera
«El genio –dicen los franceses- es un mal genio». La agudeza mental del genio le lleva a defender su punto de vista  con poca diplomacia, poca política. No son los Einsteins los que han conseguido dirigir los gobiernos; y no pocos de ellos, aceptados o buscados incluso por los dirigentes por sus grandes cualidades, han acabado haciéndolo muy mal. El principio de Peters, según el cual cada persona avanza hasta llegar a su nivel de incompetencia, se comprueba al ver que los más listos en estudios suelen fracasar después por no saber  conectar su saber con la realidad. Ante las críticas de los mismos miembros de Podemos, el brillante profesor Iglesias ha tenido que reconocer que no le ha sabido dar a su actuación pública el tono debido. No es un tema menor. La cruda realidad es que «el tono es el que hace la canción». El maestro del ceño fruncido se ha creado ya demasiados enemigos políticos y se ha alejado de lo que afirma ser su vocación intelectual y a la que quiere volver. Reflexione y, aunque todavía no deje su cargo actual –como antes Monedero– demuestre que no se aferra como Rajoy al sillón y ofrezca de nuevo a Sánchez un pacto en el que él no esté en el Gobierno. Creo que así ganará Iglesias, como genio y no mal genio de su partido, y que también favorecerá a Podemos y España.

Tutear a don Quijote, por Antonio Romero Ortega
Hace unos días, ¡Quién lo diría!, cumplí la edad que tenía don Quijote cuando se decidió a iniciar sus aventuras. El noble hidalgo vivía en una época en la que los hombres de 50 años nunca eran tuteados por desconocidos. Hoy, las cosas han cambiado, pero si don Quijote cabalgara de nuevo, tendría que añadir a sus muchos suplicios uno más: ser tuteado por gente baja, que tiene la mala costumbre de tutear a los más vulnerables socialmente que, muchas veces, son los mejores moralmente y hasta intelectualmente. Decididamente, don Alonso Quijano el bueno tenía razón para ser caballero andante. No me negarán que para exigir , por ejemplo, que a un hombre como yo se le trate de «usted» por parte de la sociedad, hace falta valor. Valor de una naturaleza de la que sólo puede ser portador un caballero andante, una figura muy lejana de lo que este mundo entiende por un «caballero», de esos que tutean a quienes les parecen, aunque no lo sean, más jóvenes que ellos.

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