Cuaderno de mano

La noche del minotauro

17.07.2016 | 05:00

Lo más rojo de la fiesta es el valor anudado al cuello. Un pañuelo como símbolo: la sangre del vino en brindis con el toro al que se le reta el poderío, cuerpo a cuerpo, a la carrera por foscas calles en vilo, en rojo ambos corazones, animal y hombre, sístole y diástole la dicha ante la muerte. No hace falta beberse a Hemingway en tragos cortos para entender los Sanfermines. Tampoco lo atávico del coraje y del peligro. Son las dos aspas del cromosoma del hombre. Y también la X del mapa que inicia el verano donde hermanarse frente a la adrenalina de la tauromaquia primitiva y la primitiva celebración de la uva. La marca pamplonica que muchos escogen como quién coge por los cuernos al destino o se tatúa España en el hombro izquierdo, el del heroísmo y las pasiones. Cada año, y van nueve, lo hace Dennis Clancey, el ex paracaidista de Dallas que corre con una camisa negra en una cuadrilla americana junto con un ex boxeador y el nieto de Hemingway. Todavía la firma navarra Kukuxumusu, no lo ha nombrado guiri del año como a Tim Pinks, galardonado este 2016 después de 32 años de haber pisado la ciudad por vez primera. Igual que al francés Jean Pierre Gonnord el año pasado, a Chisoshi Sugawara, fotógrafo de una importante guía de viajes de Japón en 2010 o en 2006 a Lars Ingvar Jungefors, gerente de la empresas de hachas Wetterlins de acero sueco HRC 57-58.

Correrse una fiesta nunca fue tan literal ni mejor reclamo para el turismo. Más de millón y medio de personas, un gasto medio de 150 euros al día. Pamploneses y visitantes celebran, se asoman a las barreras o se reparten entre los más de tres mil corredores de los 875 metros que separan el canto madrugador de su plegaria, –ser siempre mozos con 42 pulsaciones en reposo que laten a 150 en el encontronazo curvo con el drama–, y la victoria a salvo en la circunferencia de arena del encierro hasta mañana. Esto es lo que sucede en tradición y en público: la seducción del peligro y el brindis por la vida que se vive. Nada que ver con la imagen de una chica con el torso desnudo y un puñado de mastuerzos sobándole los pechos entintados de cavernet sauvignon. No hay excusa para que el rojo de la fiesta, que embriaga las bocas en las que se derrama y se consume, se enturbie en abusos de melopea y mucho menos en violencia sexual. La degradación del deseo no está permitida.

Después de las agresiones sexuales de estos Sanfermines, con cuatro violaciones y 17 detenidos, de los que seis están en prisión, es más evidente de que una parte del hombre sigue vinculado a la caverna. La socióloga Rocío Blay hace hincapié en la tendencia a seguir educando a las niñas en no ser violadas en lugar de educar a los niños y concienciar a los adultos en que el acceso al cuerpo de las mujeres, sin su consentimiento, es un delito. Que su derecho al No no se trata de una petición ni de un grito a la contra.

Se trata de la normal exigencia de un respeto que jamás debe vulnerarse. No hay pasión ni éxtasis en una sexualidad al abordaje y sin respuesta. La sociedad fracasa en educación. Más de 8.200 violaciones en España, tres al día, una cada ocho horas. En muchas, como en la reciente de Pamplona, fueron varias las bestias devorando a su presa. ¿Cómo es posible que cinco hombres con educación media, y dos de ellos militares de academia, fuercen a una mujer de 19 años? ¿En su encanallada borrachera no hubo ninguno capaz de avergonzarse por un instante y de poner fin al ultraje? ¿Tanto poder tiene el grupo para arrastrar a alguien a cometer un delito? ¿Acaso el escarnio es una hazaña para compartir en redes sociales? Cinco lobos del deseo no sólo violan a una mujer. La humillan, la vejan, la destrozan, la reducen a guiñapo. Hay países donde la tragedia es más sangrante. 527 mil en Brasil, donde el 71% de los abusos se produce en la casa; las 1.100 mujeres y niñas forzadas cada jornada por los miembros del Estado Islámico –duele el recuerdo de la chiquilla de 8 años que prefirió quemarse viva antes que volver a ser violentada–. Sin olvidar la herida que nunca cicatrizará en la memoria de las mujeres tomadas como botín de guerra durante el conflicto de los Balcanes. Ningún animal imita este brutal instinto del hombre.

No hay coartada de ninguna clase. No valen los trastornos psíquicos, la frustración, la embriaguez. Ni la enfermiza soledad enfebrecida por el machismo que erotiza en mujer cualquier producto de consumo. Ellas como reclamo, obsequio o conquista de un coche, de un perfume, de una mantequilla para untar el desayuno. ¿Por qué no se hacen anuncios de mujeres profesionales, independientes, atractivas, sin el escote de Afrodita, la máscara de Hera y el antifaz de Palas? Las metáforas de la atracción con disciplina geométrica como código cultural. Es increíble que en un mundo donde las mujeres resaltan en numerosas profesiones y alcanzan el poder político aún tengan que reclamar, frente a los patrones del cine y de la publicidad, que sea normal transmitir una imagen digna de ser recordada y respetada, y no únicamente la de un objeto de deseo sólo bueno para mirar. Hay lecturas, películas, conferencias y testimonios de expertos y de víctimas que contribuyen a reflexionar sobre cada una de estas cuestiones. La enseñanza más reciente es Efecto Foehn. El monólogo de teatro con el que Christina Gavel conjura la violación que sufrió en 2006. Una catarsis sobre el desagarro del dolor y el posterior autismo psíquico y emocional. Lo difícil que resulta volver a vivir a flor de piel. Ayer se vio en el escenario de La pensión de las pulgas de Madrid y ahora viajará al Festival Fringe de Edimburgo. Estaría bien que después girase por España.
Nunca se hace mucho a favor de la libertad de una persona, y en contra de cualquier clase de violencia. Sobre todo de la que derrama la vida en rojo. Igual que las que han sido violadas por el terrorismo yihadista en el corazón de Niza. El terror nunca será un acto de valor en defensa propia. Ni la religión de ningún dios. Tampoco la razón de cualquier combate en nombre de una cultura. El terror sólo es la conciencia del odio. Y el odio se alimenta con diferentes tipos de violencia: económica y cultural principalmente. Lenguajes capaces de inflamar con facilidad el desencanto, la pobreza, el desarraigo, la falta de una formación adecuada, el miedo a lo diferente Hace tiempo que el primer mundo es rehén de de los intereses económicos y del cinismo político que favorecen las dictaduras, la corrupción, la explotación del débil, el juego con vidas inocentes, con pueblos, con recursos naturales. Y que a nuestro lado se fertilice el fanatismo y el huevo de la serpiente que está eclosionando en Europa y el mundo.

No es aconsejable combatir el terror con otro terror civilizadamente pactado. La mejor manera de hacerlo es con la educación y la cultura, las armas ejemplares para reforzar que la conciencia no puede ser una agresión de fuerza contra la conciencia o el cuerpo de otro. Eduquemos el futuro amenazado. Que ninguna situación ni actitud ni discurso ni embriaguez permitan y exculpen al minotauro que todo hombre lleva dentro y deja salir de su laberinto. Más alto habrá que decirlo contra sus noches: la piel es de quién la eriza en una intimidad consentida. Y La Marsellesa, el corazón que nos une.

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