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PIB y huella ecológica

El resultado de dos siglos de crecimiento económico sin control es un planeta esquilmado y quebrado. El patrimonio neto natural está por debajo del 50% del capital natural anterior a la industrialización

21.07.2016 | 05:00

El PIB, como índice de medición del progreso, es la cuenta del Gran Capitán. Y parafraseando el verso final de la coplilla que dio lugar a ese tópico, este progreso se hace con el capital de la Tierra, porque el PIB contabiliza el crecimiento, pero no tiene en cuenta los costes ambientales del mismo. A fuerza de repetir la canción del PIB, se ha instalado en el imaginario colectivo la creencia de que es posible sostener un crecimiento infinito en un planeta finito. Se quiere ignorar que la tasa de renovación de la Naturaleza no es ilimitada y que no puede sostener un crecimiento económico infinito. Ante estas insuficiencias del PIB, se han aparecido indicadores sobre el impacto de la actividad humana en la Naturaleza. Uno de ellos es la huella ecológica. Hay otros indicadores específicos: el de la huella de carbono.

La huella ecológica representa el área de tierra y agua ecológicamente productivos –cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos– y el volumen de aire, necesarios para generar recursos y además para asimilar los residuos producidos por cada población, individuo o actividad de acuerdo a su modo de vida, de una forma indefinida. El propósito es evaluar el impacto sobre el planeta de un determinado modo o forma de vida y compararlo con su biocapacidad. Conocer la sostenibilidad de la actividad analizada. Un ejemplo ilustrativo: «En EEUU se gastan 10 calorías procedentes de combustibles fósiles para obtener 1,4 calorías de alimentos» (Carlos Fernández Urosa). La huella de carbono mide los gases de efecto invernadero emitidos directa o indirectamente por un Estado, un individuo, una organización, un evento o un producto.

El punto de partida de la correlación que hay entre PIB y huella ecológica, son las diferencias entre las posiciones de la derecha, la izquierda y la ecología política respecto al crecimiento económico. Unos, derecha e izquierda, defienden la consecución del progreso social a través del crecimiento económico ilimitado (productivistas). Otros, la ecología política, sostienen que en la consecución del progreso social no se pueden ignorar los límites del planeta y es necesario replantearse la orientación y el sentido de la producción dentro de un mundo finito (antiproductivistas).

Si se considera, además, el posicionamiento de las fuerzas políticas en relación con los indicadores señalados, afloran más diferencias entre los tres polos ideológicos. La derecha sólo reconoce como índice de medición fiable el PIB y no considera los indicadores de impacto ambiental. Vive en una burbuja economicista y cortoplacista que le hace ignorar el coste ambiental de la actividad humana. Para ésta la solución de los problemas ambientales (cuando reconoce su existencia) es tecnológica. La izquierda está igualmente instalada en el dogma del crecimiento económico ilimitado. Reconoce el deterioro ambiental que produce la actividad económica, pero subordina la solución al bienestar social. Su apuesta, ingenua o interesada, es una transición energética que reduzca la huella de carbono, sin renunciar al dogma del crecimiento económico, que deja sin resolver la crisis de recursos y de biodiversidad.

El resultado de dos siglos de crecimiento económico sin control es un planeta esquilmado y quebrado. El patrimonio neto natural está por debajo del 50 por 100 del capital natural que existía antes de la industrialización. En el ámbito mercantil la legislación societaria hace inviable a la entidad mercantil que reduce su capital social por debajo de dicho porcentaje. El planeta presenta también una cuenta de explotación negativa. Números rojos que se advierten en la deuda de carbono, en forma de cambio climático, que las anteriores generaciones y la actual dejan a las generaciones futuras.

La ecología política advierte de la insostenibilidad de la asignación de los recursos naturales basada sólo en criterios de eficiencia económica. Esta asignación economicista y cortoplacista tiene como resultado el sobreaprovechamiento de la Naturaleza: utilización de los recursos renovables por encima de su tasa de regeneración; explotación de los recursos no renovables sin tener en cuenta sus existencias limitadas; y grave sobrepasamiento de la capacidad de asimilación de residuos por la biosfera. La reducción de la huella de carbono por sí sola, por tanto, es insuficiente. Para ecología política la solución pasa por reducir tanto la huella de carbono como la huella ecológica, hasta ajustarlas a la biocapacidad del planeta. Eso significa adaptar la producción y el consumo a los límites de la biosfera.

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