Las cuentas de la vida

Un escenario complejo

Se va imponiendo el marco de un gobierno débil: un PP en minoría con apoyos puntuales

22.07.2016 | 05:00

Empieza la nueva legislatura con el acuerdo sorprendente entre el PP y los nacionalistas vascos y catalanes. El martes dio la sensación de que el reloj se hubiese detenido y empezase a dar marcha atrás hacia la década de los ochenta y noventa, que fue la etapa dorada de la democracia española. Por aquellos años, el nacionalismo de corte conservador se erigió en bisagra parlamentaria aportando estabilidad al bipartidismo a cambio de influencia, competencias territoriales y, por descontado, generosos guiños presupuestarios. Hoy sabemos que este juego de negociaciones terminó mal –mejor en el caso vasco, ya que al famoso ´cupo´ se unió una mejor gestión de gobierno–, sobre todo porque provocó un crecimiento poco racional, desordenado, de la España de las autonomías a costa de la estructura institucional del Estado. Al final, el sistema autonómico ha acabado causando profundas tensiones territoriales; en parte, por las grotescas diferencias en la financiación entre las autonomías –que, en algunos casos, llegan a ser sangrantes– y, en parte, por la ausencia de una corresponsabilidad clara. La rectificación no es sencilla ni lo será.

Pero, insisto, a nivel nacional la bisagra conservadora funcionó con relativa fluidez. El acuerdo se desplazaba a derecha o a izquierda según las necesidades parlamentarias y el magnetismo europeo. Rara vez se votaba en contra de ese horizonte de modernización del país que auspiciaban las políticas de la UE – estabilidad presupuestaria, mayor apertura de la economía, etc.–, a pesar de que los intereses, en último término, fueran locales. Hasta que la crisis de 2007-2008 rompió con esta especie de convenio tácito y dio paso a una premura soberanista, mucho más marcada en el caso catalán que en el vasco –tras la experiencia fallida del Plan Ibarretxe–. Y, con la mutación al independentismo, se sustituyó la capacidad de influencia –el papel de bisagra de los partidos nacionalistas de derechas– por otra realidad política más primordial: la dialéctica entre amigos y enemigos. El martes, en cambio, asistimos a un giro sorprendente con el apoyo implícito en el Congreso del PNV y CDC a la presidencia de Ana Pastor. ¿Un giro hacia la estabilidad o un movimiento táctico? En apariencia, más lo segundo que lo primero.
En el caso vasco, el PNV podría estar negociando el sostén parlamentario en Madrid a cambio de concesiones a Euskadi y, sobre todo, del apoyo de los populares vascos a la candidatura de Iñigo Urkullu tras las elecciones del próximo otoño. Hay que señalar que, de los grandes partidos de la estabilidad, el PNV ha sido el único que ha logrado resistir con relativa solvencia la presión de los movimientos antisistema; aunque ahora su posición de privilegio se vería amenazada por una eventual alianza entre Podemos y Bildu. El caso catalán es más complicado de analizar porque, al mismo tiempo que Homs acaba de realizar un gesto en Madrid, el president Puigdemont en Barcelona firma con la CUP un pacto de ruptura con el Estado. Políticas dispares en un momento de gran aceleración europea. Pero, al final, el diagnóstico no viene a ser muy diferente. Existe la necesidad de establecer un pacto generoso que facilite un escenario de cierta transversalidad reformista. No obstante, se va imponiendo el marco de un gobierno débil: un PP en minoría con apoyos puntuales de lo que Rivera ha denominado «la oposición responsable». Parece un error, entre otros motivos, porque las políticas de Estado quedarán comprometidas precisamente en el momento en que resultan más importantes para garantizar el futuro de nuestro país. El tacticismo quizás sea apropiado en momentos determinados. Pero no en todos. Nunca, desde luego, en escenarios como el actual.

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