Entre el sol y la sal

Las barbas de mi vecino

27.07.2016 | 11:34

No sé a ustedes pero, por lo que a mí respecta, la Unión Europea se puede ir yendo a tomar por donde amargan los pepinos, que es por el mismo lugar que tienen la gracia las avispas. Se suponía que ese ente supranacional nació para unificar criterios y defender los intereses de todos los europeos, pero resulta que no se trata más que de otro leviatán administrativo con letrina por conciencia.

El Brexit, la inmigración yihadista en manos de una Turquía desquiciada que abre o cierra el grifo a su antojo, el abogado del Tribunal de la UE informando sobre la no retroactividad de la nulidad de las clausulas suelo, la interesada falta de comunicación entre las agencias de inteligencia, el sonrojante blanqueamiento mediático de los últimos atentados, los cobros y recobros por ayudas no realizadas€ en fin, un desastre absoluto en el que usted y yo nos levantamos una mañana y un descerebrado nos cose a tiros o nos decapita como al niño de 12 años en la trasera de una furgoneta con matrícula siria, con saña y ahínco, serrando una y otra vez con ese machete romo que atraviesa el musculo, corta nervios y se atasca en hueso. Todo conveniente grabado por un teléfono móvil al grito malintencionado de Al.lahu-ákbar.

Esa es la esencia actual de esta Unión Europea, una prostituta manoseada y envilecida en manos de ministros torpes, comisarios sumisos y políticos cobardes que sólo obedecen a intereses bastardos y crematísticos, o si no acuérdense de Rodrigo Rato, Dominique Strauss-Kahn o Christine Lagarde, entre muchos otros.

Según algunas instituciones, el hijo de perra que comete el atentado es el tonto del pueblo, un despojo humano con un conocimiento muy limitado de la Sharia, sin oficio ni beneficio, radicalizado por el sistema y sin nada que perder. Ese imbécil es el último eslabón de una cadena que nació armada gracias a la ayuda de las superpotencias que quisieron derrocar a Al-Assad, creció económicamente a la sombra de los intocables emiratos y se reprodujo por obra y gracia de la indolencia y el silencio europeos. Eso sí, para otra cosa no valdremos, pero para depositar flores y guardar minutos de silencio somos los mejores, porque la dictadura de la corrección política y el bienquedismo impone su tibieza y su equidistancia mientras que el enemigo mata a su antojo criando alimañas más o menos solitarias que desean entregar sus vidas causando nuestra muerte.

No veo que esta gentuza atente contra edificios institucionales, embajadas, comisarías y demás lugares fortificados y armados hasta los dientes. Lo que veo cada semana es que el centro comercial, la cola del concierto, la iglesia de su barrio, el vagón de metro, la terminal del aeropuerto o el espectáculo familiar de fuegos artificiales son el escenario preferido para sembrar el miedo y desatar el caos. No veo que usen armas de guerra o bombas de última generación. Lo que veo es que usan camiones, pistolas, cuchillos y explosivos caseros.

Son muchos sociólogos, expertos en terrorismo, sesudos psicólogos, mercachifles de la geoestrategia y payasos de la escena televisiva los que han esbozado infinidad de teorías para explicar la causa de estas matanzas, y créanme, me importan todos un bledo. A mí sólo me concierne que todo esto acabe, y aquí viene el punto dramático de este artículo, si supiera que mis gobernantes tienen la entereza, el conocimiento y la voluntad necesarias para arrasar con esos malditos, les daría carta de naturaleza para hacerlo efectivo endureciendo las leyes o cediendo controlada y temporalmente algunos derechos en pos de la seguridad, pero mucho me temo que estos inútiles que deciden sobre nuestro futuro aprovecharían el impasse para salvar sus entrañas.

Sólo hay dos formas de acordar el estado de excepción: la primera es medida y consensuada, consiste en un acuerdo parlamentario avalado por la mayoría del arco electoral; la otra es abrupta e incontrolada, que el Gobierno lo declare unilateralmente por decreto en respuesta a un ataque. Democracias como Alemania y Francia se vieron abocadas a la segunda opción, y pensar que no nos ocurrirá es tan estéril como infantiloide, pues por algo el Daesh ha empezado a emitir sus amenazas en castellano, por si toda esa panda de ineptos que hablan de paz todavía no se han enterado de que somos los siguientes.

A base de poner flores y sumar minutos de silencio vamos a quedarnos tan perfumados y mudos que, para entonces, ya no será necesario que nos corten una garganta con la que no fuimos capaces de alzar ni un hilo de voz clamando por nuestras vidas.

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