Columna abierta

Un precio a la investidura

El infierno no es el otro sino el que se encastra en la extravagancia de imponer un programa sin respaldo

30.07.2016 | 05:00

Todo sigue igual tras la ambigua aceptación de Rajoy a formar gobierno, en respuesta a la invitación del rey. El candidato no se compromete a la votación de investidura sino a sondear posibles acuerdos con los partidos constitucionalistas para que las posibles adhesiones o abstenciones le garanticen más votos positivos que negativos. En caso de no conseguirlo, no parece presdispuesto a gobernar en minoría, con lo que el bloqueo seguiría tan vivo como la posibilidad de unas terceras elecciones. Esta hipótesis es la que conviene al PP con la esperanza de aumentar su cuota parlamentaria, como ocurrió en junio respecto a diciembre. Pero es la más fea, la más desmoralizadora y la menos defendible.

Por la misma ecuación tendrían que aplicarse los partidos constitucionalistas a conseguir las máximas cesiones del PP en la ronda negociadora que anuncia el candidato. En primer lugar, por dar viabilidad a las reformas y derogaciones legales más importantes del propio programa, sin necesidad de una «gran coalición» que desnaturalice su identidad política e ideológica; y, a continuación, por demostrar a la sociedad española que la culpa de un eventual desacuerdo estaría en la cerrazón de Rajoy y su partido, por pretender gobernar como si tuvieran mayoría absoluta Es muy cómodo culpar al otro del marasmo político que ya va para un año, o responsabilizarle en exclusiva del famoso bloqueo.

En este caso, el infierno no es el otro sino el que se encastra en la extravagancia de imponer un programa sin respaldo suficiente, con la soberbia añadida de primar su ego a la solución de un impasse que ya es bochornoso. Si este reto maximalista va ceder en beneficio del país, lo sabremos en los próximos días. La oposición a la presidencia sí o sí de Rajoy perdería fuerza impediente con un programa pactado en el que cada partido llamado al acuerdo, y sus bases sociológicas, pudieran ver reflejada en medida bastante su visión del presente y el inmediato futuro del país. Por el contrario, las terceras elecciones serían oxígeno para el «prusés» catalanista –que no ha perdido un solo día– y más veneno para la quiebra social y laboral del país, los cumplimientos con Europa y los vacíos de una política imperdonablemente distraída en guerras idiotas.

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