Las cuentas de la vida

Defender la democracia

31.07.2016 | 05:00

Heródoto concibió la Historia como un ámbito de equilibrios precarios e inestables, en el cual los excesos, sean cuales sean, terminan pagándose en forma de tragedia. Los griegos hablaban de hybris, que consistía en la tentación del orgullo. Incluso, cuando uno era demasiado feliz o venturoso, se intuía que detrás latía agazapado un reverso sombrío y aciago. Es una lectura de la Historia que responde muy bien a los extraños giros de la fortuna. La violencia, por ejemplo, se intensifica de forma espasmódica de acuerdo a grandes ciclos. La larga paz que disfrutó Europa entre 1870 y 1914 se vio destruida por las dos guerras mundiales, la revolución rusa y la guerra civil española. Y, de nuevo, la paz de la posguerra, extraordinariamente próspera, que supuso la derrota del comunismo y la extensión del Estado del Bienestar, llegó a su fin el 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas. El equilibrio, precario e inestable, concluyó entonces dando lugar a un mundo en peligro: la economía, basada en el endeudamiento fácil, estalló; la UE empezó a renquear, atosigada por la ineficiencia, la burocracia y los resquemores entre los países miembros; en España, retornaron las retóricas de la división que se alimentan del odio y del miedo. Las viejas palabras de Marx – "todo lo sólido se disuelve en el aire"– resuenan como una maldición: el futuro resulta, sencillamente, un escenario incierto que casi nunca responde a lo que uno da por cierto.

El martes por la mañana, a primera hora, fue asesinado un anciano sacerdote francés a manos de dos yihadistas. Pensé en la misteriosa fragilidad de la Historia. El padre Hamel, de 86 años, había empezado su ministerio en medio de la euforia esperanzada del Vaticano II, en el optimismo feliz de aquellas décadas de cambios y transformaciones. La liberación de los pueblos colonizados auguraba el progreso universal y el diálogo intercultural e interreligioso era el nuevo mantra. Incluso la URSS había sustituido el rostro acerbo de Stalin por el amable de Kruschev. Nada permitía presagiar entonces cómo sería el mundo medio siglo más tarde.

El padre Hamel fue degollado mientras celebraba misa en una pequeña localidad francesa. El yihadismo busca socavar una sociedad envejecida y temerosa, en gran medida desorientada. La dinámica del terrorismo consiste en desestabilizar a la ciudadanía mediante sangrientos golpes de efecto. Es la estrategia de los partisanos, de las guerrillas, del horror diseminado entre la población civil. Por supuesto que no pueden ganar la guerra, pero sí debilitar determinadas convicciones cívicas que damos por supuestas. Como el respeto a la diferencia, las garantías legales, los derechos democráticos. La pulsión populista resulta evidente cuando nos movemos en el escenario de la tragedia: una pulsión que invita a limitar libertades en pos de la seguridad. Es una decisión comprensible pero equivocada, porque el poder cuando se concentra tiende a crecer de forma imparable, sin freno ni cortapisas. Se trata de otra lección de la Historia, tal como la concebía Heródoto. Al terror hay que combatirlo con firmeza y sin ambages, con la fortaleza de las leyes y de las instituciones, no contra ellas. Nuestra civilización va de la mano de la democracia. Constituye nuestro suelo patrio y nuestro horizonte. Ceder en cualquier dirección diferente –la buenista o la ingenua, la populista o la autoritaria– supondría caer en una dinámica muy peligrosa, cuyos únicos beneficiarios no seríamos nosotros. De hecho, más bien al contrario.

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