Entre el sol y la sal

Imparable

Occidente pretende entender a unos salvajes que viven bajo unas reglas sociales distintas, con unas escalas de valores de antaño, con códigos tribales inquebrantables y con un odio tan malnacido como visceral que se alimenta de la falta de educación de un pueblo armado. Y eso es imposible

03.08.2016 | 05:00

En 1931 un psicólogo apellidado Kellogg decidió llevar a cabo un experimento surrealista, juntar un bebé chimpancé con su propio hijo de siete meses y educarlos en igualdad de condiciones. Al principio la cosa pareció ir bien y ambos hermanos aceptaron la situación entre juegos y aprendizajes pero, por lo visto, la pequeña chimpancé tomó la delantera en aquello de instruirse mientras que el retoño humano se limitó a desarrollar una magnífica destreza en el arte de la imitación, tanto, que el niño evolucionó más lentamente que un congénere de su edad y acabó haciendo el mono casi a la perfección. La hemeroteca no explica el por qué aquél experimento acabó de forma abrupta, de la noche a la mañana, pero no es difícil imaginar que la Señora Kellogg tomó cartas en el asunto cuando una buena tarde encontró a su hijo de un año rascándose el culo mientras se balanceaba en la lámpara del salón y le ensuciaba lo fregado con cascarás de cacahuete.

Y es que son muchas personas, psicólogos iluminados inclusive, las que han intentado explicar la condición humana desde que el mundo es mundo. Y a colación de esto recuerdo un vídeo de esos que rebotan por los muros de las redes sociales. Se trata de otro experimento. En este caso entrevistan a unas treinta personas y todas ellas manifiestan sus filias y sus fobias hacia otros países, razas o religiones. Los que más y los que menos exponen sin género de duda su pureza y su absoluto convencimiento de pertenencia al imperio británico, al espíritu egipcio, a la cuadriculada Alemania o a la república francesa, según sea el caso. Luego les toman una muestra de ADN e investigan la mezcla de carga genética que sus antepasados llevaron a cabo durante siglos para acabar haciendo que ese ciudadano sea tal y como es. La respuesta es contundente, todos y cada uno de nosotros somos el resultado de un intercambio genético que contiene porcentajes de todas partes del mundo.

Y aquí es dónde yo me pregunto, si el niño imita al mono y somos un puzle humano, qué o quién nos convierte en lo que somos, qué factor ambiental nos hace violentos, que afección cultural nos hace odiar al distinto, qué condicionamiento externo nos lleva a matar a aquellos de los que genéticamente descendemos.

Mucho se habla estos días de la guerra de religiones, de la guerra de intereses. ¿Es la religión el detonante de tanta matanza?, ¿Es el futbol la chispa que prende la llama de la violencia en los estadios?

Para mí la razón reside en la familia. Respetando ciertas excepciones está claro que un niño imitará lo que vea en su casa. Si tiene una madre violenta llegará a justificar sus propios ataques de ira, si tiene un padre juerguista es muy posible que copie su alocado comportamiento, si la familia va a misa seguirá su ejemplo por inercia, si el hermano mayor es del Málaga pues tiene todas las papeletas para sacarse el abono de la Rosaleda, si en su casa hay respeto y armonía intentará mantenerlas en su hogar en un futuro, y si su padre le dice que la bomba que acaba de reventar las entrañas a su hermana pequeña viene de occidente tengan a buen seguro que ese niño, el día de mañana, cortará cuellos infieles a mansalva.

Ahora bien, qué diferencia a una familia yihadista de una occidental. Muy simple. La occidental estará siempre del lado de la democracia, de la ciencia, de la evolución, del libe pensamiento, de los derechos humanos, de la igualdad de oportunidades, del arte y de todo aquello que hace a una persona crecer hasta el punto de poder llegar a ser quien no le tocaba ser.

La yihadista, en cambio, aceptará su determinismo y ejercerá el papel que su desviada religión le impone, vivirá como hace diez siglos, ni siquiera tendrá la capacidad de preguntarse por una vida mejor y estará feliz enterrada bajo el oscurantismo propio de sociedades teocráticas.

Occidente pretende entender a unos salvajes que viven bajo unas reglas sociales distintas, con unas escalas de valores de antaño, con códigos tribales inquebrantables y con un odio tan malnacido como visceral que se alimenta de la falta de educación de un pueblo armado. Y eso es imposible.

El cristianismo, el islamismo, el judaísmo, son caras de una misma moneda. Quien mata en nombre de una u otra es un descerebrado y un desalmado que se justificará en lo de siempre, en que eso es lo que le enseñaron de pequeño. Y eso, no hay discurso ni buena voluntad que lo pare.

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