Quinta columna

Orgasmos femeninos

05.08.2016 | 05:00

Medicina bioelectrónica. «Hackear» nuestro cuerpo para hacer que funcione de nuevo a la perfección. Recablearnos. Es lo que está tras el acuerdo que acaba de firmar la división de ciencias de la vida de Google y el gigante farmacéutico GlaxoSmithKline.

Desarrollarán implantes eléctricos para curar enfermedades tan comunes y crónicas como la artritis, la diabetes o dolencias inflamatorias del intestino. Juntos han creado la empresa Galvani Bioelectronics, que recibirá 540 millones de libras en los próximos siete años. Sacarán al mercado implantes que, a imitación de los marcapasos o los desfibriladores, contrarrestarán los problemas del cuerpo conectándose con impulsos eléctricos a los nervios vinculados a determinados órganos. Ejemplo: la estimulación del nervio vago podría controlar el funcionamiento del páncreas para tratar la diabetes. O la contracción y expansión del estómago. Así se acabará también con los efectos secundarios del tratamiento con fármacos. Operarán automáticamente y de manera inalámbrica. «Muchos de los procesos del cuerpo humano están controlados por señales eléctricas que se disparan entre el sistema nervioso y los órganos del cuerpo, lo que puede llegar a distorsionarse en muchas enfermedades crónicas», indica Moncef Slaoui, del consejo de administración de Galvani. Ya existen dispositivos que modifican los circuitos neuronales. El año pasado, la Administración de Alimentos y Fármacos de Estados Unidos aprobó uno que bloquea las señales a lo largo del nervio vago para tratar la obesidad. Los electrodos en el cerebro se han utilizado en tratamientos contra la epilepsia, la enfermedad de Parkinson o la depresión. Pero Galvani quiere desarrollar implantes más precisos. «En 10 años, es muy realista imaginar que si usted tiene diabetes tipo 2, podría ir a su especialista para recibir un tratamiento médico bioelectrónica», añade Kris Famm, que presidirá Galvani. «Un cirujano le implantará al paciente el dispositivo mediante una operación de ojo de cerradura (no invasiva) y luego volverá al especialista para que el dispositivo sea programado».

Las descargas, eléctricas u hormonales, mueven el mundo. Esta semana se dio un paso para desvelar el misterio que envolvía una de las descargas más apreciadas por la mitad de la población mundial: el orgasmo femenino. Hasta ahora no había explicación a esta placentera liberación de prolactina y oxitocina. No tiene ninguna función biológica más que el beneficio psicológico. El orgasmo masculino es funcional en la reproducción: sirve para transferir el esperma. Las mujeres, en cambio, se pueden quedar embarazadas sin pasar por el gozoso trance. Ahora no sirve para nada. Pero en el pasado, sí. Un estudio de la Universidad de Yale y del Hospital Infantil de Cincinnati, publicado en el Journal of Molecular Developmental Evolution, según informa la agencia Sinc, concluye que el orgasmo femenino desencadenaba la ovulación en las mujeres de la prehistoria. Lo mismo ocurre en la actualidad con algunas especies de mamíferos. Es el caso del conejo, del gato o el hurón. El estudio también aporta nuevos datos sobre el clítoris. Estos expertos aseguran que en el pasado no se encontraba donde hoy lo tienen las mujeres. Cambió de lugar a medida que las hembras humanas pasaban de una ovulación inducida a una espontánea. Primero se ubicaba en el interior del canal vaginal. Estaba ahí para facilitar el orgasmo y, por tanto, la ovulación. Esa migración «lejos» de la vagina hizo que fuera menos probable alcanzar un orgasmo con la penetración y, de alguna manera, perjudica la predisposición de las mujeres hacia el sexo, dice el estudio. ¿Y por qué se trasladó el clítoris de residencia? Ah, ése es un nuevo misterio.

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