El contrapunto

Los cañones de agosto

Sospecho que seguimos siendo las víctimas de la Gran Guerra, de aquella monstruosa catástrofe y de las ideologías y los personajes luciferinos que de ella surgieron

06.08.2016 | 05:00

He tomado prestado el título de aquel libro de la historiadora americana Barbara Tuchman. El que el presidente Kennedy solía regalar a otros líderes. Lo hojeo en estas fechas, siguiendo el orden de aquellos días apocalípticos de agosto de 1914, ya en los comienzos de la Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra, como la llamaban los que creían que sería la última. La guerra que acabaría con todas las guerras. Para los que sospechamos que seguimos siendo las víctimas de aquella monstruosa catástrofe y de las ideologías y los personajes luciferinos que de ella surgieron, puede ser la lectura de este libro una experiencia desgarradora. Y que por supuesto aún puede doler, más de un siglo después.

Vayamos a las hemerotecas. En aquel uno y dos de agosto de 1914, en las calles de aquella majestuosa ciudad, capital del Imperio Alemán, las berlinesas se unían entusiasmadas a los soldados que desfilaban con motivo de la declaración de guerra y la ocupación del Gran Ducado de Luxemburgo por el VIII Ejército alemán. Aunque tendrían que pasar muchos años antes de que los historiadores nos revelaran los esfuerzos secretos para evitar la guerra del Kaiser Guillermo II, ya al borde del abismo. Con la ayuda, entre otros, del embajador alemán en Londres, el anglófilo príncipe Lichnowsky. Recuerdo una foto de prensa en la que una mujer le entregaba flores a un marcial jinete de la caballería alemana. La cara de la joven resplandecía de gratitud y felicidad. Su acompañante masculino se protegía del sol de aquel día caluroso bajo un elegante sombrero de verano. Compartían ambos un júbilo que ahora nos parece conmovedor. Tanto por la inocencia de los oferentes como por su temerario y casi pueril optimismo. La mayoría de aquellos soldados que marchaban entonces por la Unter den Linden estaban seguros de que en otoño estarían de nuevo en casa. Unter den Linden, esa hermosa avenida berlinesa a la que me llevaba para pasear en el verano de 1942 mi madre, mientras mi padre trabajaba en su oficina de la Embajada de España. Todos ya metidos en los horrores, corregidos y aumentados, de la segunda gran guerra. En la que España también fue neutral.

Cito estas líneas del historiador alemán Gerhard Ritter, escritas como un epitafio hace medio siglo: «Con la Primera Guerra Mundial dio fin la época más feliz, pacífica y orgullosa de Europa, la época de su dominio en el mundo, de su rebosante riqueza, de su incuestionable primacía espiritual, de su rápido incremento de población y del esplendoroso desarrollo de sus logros científicos y técnicos. El mundo ha entrado en una nueva Era histórica, en una época plena de una dinámica inquieta y altamente inquietante, en la que Europa se encuentra profundamente en la zona de sombra de las nuevas potencias mundiales...».

Estas palabras fueron escritas antes del milagro que representó la creación de la Unión Europea. Los que compartimos el ideal del renacimiento europeo no deberíamos olvidarlas. Nos va todo en ello.

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