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A la tercera va la vencida

07.08.2016 | 05:00

Es preferible que vayamos a unas nuevas elecciones. No sé por qué les tienen tanto miedo los partidos con posibilidad de armonizar un gobierno. Teóricamente el voto es el mejor utensilio para ejercer la democracia. Es la plasmación directa de la voluntad del contribuyente, de quien la sostiene. El temor a una nueva convocatoria electoral les viene a unos porque seguirán perdiendo votos, a otros porque no tienen valor para ir hacia adelante, los hay que recelan sobre una presunta desaparición€ Pero si no se vota nuevamente la precariedad del Gobierno minoritario hará que las oposiciones, varias, tumben cualquier iniciativa del Ejecutivo. Es preferible, por tanto, otra llamada a las urnas. Y si los equipos electorales tienen visión práctica, perspectiva ganadora, se decidirán por una campaña ligera y más directa. Con una mecánica efectiva, unos mensajes que demuestren valor para enfrentarse a los problemas, para proponer soluciones. Dejarán de marcar líneas rojas, de jugar con tabúes que alejen a los demás de previsibles negativas negociadoras. O demostrarán que no sirven para el devenir político, que no saben interpretar la decisión de los electores. Y espero que alguno se decida a dimitir, que se vea obligado a dejar la palestra pública. Quizá sea esta tercera convocatoria seguida la que les exija el compromiso definitivo. Tan dependientes demuestran ser de los poderes económicos que deberían recoger algunas premisas del mundo mercantil, de la empresa, donde la eficacia prima. Las opiniones contrarias, los razonamientos opuestos a una llamada a las urnas se invalidan frente a otras acciones de la vida diaria. Ante argumentos de saturación política, del aburrimiento que genera un inoperante quehacer de los políticos, tenemos muchos ejemplos cotidianos de que la apatía, la insistencia no es la culpable. Más contumaces son algunos programas televisivos y diversas secciones informativas que son pura endogamia de los productores y cuyos protagonistas se limitan a un reducido número de famosos, muchos de ellos fabricados por la propia producción sin méritos enunciables. No hay más que contemplar las aventuras de los sálvames, los grandes hermanos, islas caribeñas, con una docena de personajes que discuten y cotillean permanente sobre otra docena de fabricados famosillos, o de profesionales del famoseo que cobran una pasta por «sobrevivir» en parajes aparentemente perdidos y que casualmente pertenecen a una casta de vividores de promovidas exclusivas. O seguir el itinerario de contados deportistas, algunos realmente extraordinarios, pero que son perseguidos hasta tal saciedad que la mitad de las razones de sus comparecencias en los medios no tiene nada que ver con su tarea deportiva. Un raro corte de pelo, una nueva acompañante, aparición en anuncios de productos que ni han probado. Messi, Ronaldo, Ronaldo, Messi y alguna que otra aventura de cualquier futbolista que diga algo más que «la verdad es que sí», al contestar cada pregunta. Y si tocamos el tema de la corrupción, de apropiaciones indebidas, de los chanchullos y chiringuitos en las instituciones, etc., los argumentos se acumulan, temas más cotidianos y permanentes que cualquier promesa electoral. Recuerdo, ahora, refrendos recientes con sus militantes y promesas de consultas continuas de partidos que hoy rechazan nueva convocatoria.

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