El visitante de Auschwitz

07.08.2016 | 05:00

Mientras el mundo parece que insiste en seguir eliminando a quien le viene en gana, especialmente en la Turquía del omnipotente Erdogan y en esa Siria cada vez menos identificable, entre otras situaciones desesperantes, nuestro Francisco se pasea por tal mundo para recordarnos a unos y a otros que la convivencia no solamente es posible porque sobre todo es necesaria. Con la que está cayendo, permanece con el espíritu firmísimo en la proclamación de la fraternidad cultural, saliendo al paso del probable antagonismo racial, social y no menos religioso que nos amenaza con males mayores. Su fe es tan sólida que no se deja vencer por lo evidente pues cree de corazón en la capacidad humana para cambiar la hoja de ruta y comenzar una época diferente, contando con la colaboración de las grandes potencias y multinacionales, dos realidades de las que no podemos prescindir por puro sentido común. Francisco no se cansa y no se cansará jamás porque se sabe una de las pocas personas en la actualidad con la suficiente autoridad moral para plantear grandes cuestiones históricamente incorrectas. Y lo hace con una libertad apabullante. Nada le importa lo que piensen de él los diferentes grupos que protagonizan el momento. No escucharle es hacer gala de un cinismo absoluto. Aunque sea verano y disfrutemos, como imperativo, del sol, de la gastronomía y del descanso merecido. Siempre lo primero es lo primero, aunque moleste.

Pero el momento en que la imagen de este papa sensible hasta las cachas cuando se trata de la defensa del ser humano, porque es nada menos que imagen y semejanza de Dios, el momento y la imagen para nuestra reflexión necesaria, se produjo cuando entraba, en soledad y con la mirada baja, humillado hasta los tuétanos, entraba en el que fuera campo de exterminio nazi, ese Auschwitz emblemático para nuestra memoria occidental y europea: porque fuimos capaces de organizar el mayor exterminio ideológico de la historia humana, solamente comparable al del régimen estalinista en los gulags de turno. Francisco pasaba el umbral del campo y comenzaba un recorrido por sus lugares más significativos, hasta reunirse con víctimas supervivientes de aquella matanza tan vergonzosa y tan exquisita: Heideger sobrevolándola aunque nos duela. Y tantos otros y otras de la inteligencia alemana. Y casi acababa la visita en la celda donde murió de hambre el mártir Kolbe, ese sacerdote que se entregó a la muerte en lugar de otro prisionero, padre de familia. Sentado en una silla, de nuevo a solas, rezaba sumergido en el misterio de la crueldad pero también de la generosidad humana. Unos matan mientras otros se ofrecen para morir en lugar de otros.

Así, Francisco meditaba en Auschwitz sobre nuestra responsabilidad actual frente a los nuevos campos de exterminio de los que tenemos noticia y hasta imágenes. Pero que se pierden entre las noticias cotidianas ofrecidas por los medios. Cosas que vienen y van. De nuevo, terrorismo sin descanso, Siria arrasada por las grandes potencias, los cristianos masacrados en el África profunda, el negocio armamentístico, la reproducción de los narcos como hormigas, la interminable trata de blancas, etc. Estos son los nuevos campos de concentración y de exterminio actuales, pero los pasamos por alto y solamente grupos abnegados de ciudadanos se cuidan de ellos. Los demás filosofamos y discutimos pero en nuestros rincones biempensantes. Francisco ha puesto el pie en la mezquindad para no escapar a su memoria. También yo estaba con él, percibía su humillación, y compartía su tristeza ante la continuación de tanta ruindad. A su lado y en un rincón, de rodillas y abatido, rezaba con él? y con la humanidad entera. Lleno nuestro club náutico de esos yates maravillosos y espléndidos iconos del poderío humano en este momento, cuando tantísima gente sufre soledad y abandono, exterminio económico, censura ideológica, y en fin, gente que hace un camino hacia la muerte de manera menos llamativa que los judíos en Auschwitz pero no menos exterminadora. Y esto sucede ante nuestras narices. Y no nos saca de quicio. Porque somos ciudadanos acostumbrados a soportar el dolor en la justa proporción, capaces de superarlo y recuperar la paz. Muchos otros no lo conseguirán. Camino de las nuevas cámaras de gas. En fin.

Y recuerdo al papa Ratzinger que clamaba por la ausencia de Dios en Auswitz, pero yo me rebelaba contra esta visión de los hechos por la sencilla razón de que no es un problema de Dios sino de nosotros, los hombres y mujeres que perpetramos tales barbaridades, puede que como consecuencia de nuestra deformada imagen de Dios. Francisco apuró más y mejor la cuestión de la responsabilidad y ha señalado de qué manera quienes llevaron a cabo la gran matanza fueron los únicos responsables de la misma. Es terrible que Dios a ultranza respete nuestra libertad. Porque cuando la respeta acabamos por echarle las culpas a él, en un gesto infantil donde los haya. El problema no es Dios porque el problema es nuestra prepotencia, nuestra avaricia y nuestra insensibilidad de ayer y de hoy mismo.

Francisco ha interiorizado todo esto, y ha viajado al lugar del exterminio en silencio y oración. A medida que pasan los meses, este hombre alza su imagen cansada y envejecida en favor de las causas aparentemente perdidas, pero que él mantiene vivas. Recuerden Lampedusa. Su voz casi un grito. Pues bien, el visitante de Auschwitz nos visita este verano como un padre que deseara enseñar a sus hijos la realidad de la historia. Nuestra historia de europeos, tan manchada de sangre. Habrá que agradecérselo. Y nunca más engañarnos.

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