Crónicas galantes

Revoluciones bonitas

09.08.2016 | 05:00

La de Nicaragua fue en su momento la revolución bonita, igual que un cayo de Belice inspiró su isla bonita a los compositores de Madonna. Es normal. Los muchachos del Frente Sandinista habían tumbado una dictadura tan infame como la de los Somoza, dinastía de tiranos mantenida por Estados Unidos durante casi medio siglo para preservar sus intereses en una Latinoamérica que EE UU consideraba su «patio trasero».

Y no solo eso. La nueva Nicaragua –tan «violentamente dulce» en el tierno oxímoron de Julio Cortázar– nació arrullada por los perfumes (o «perjúmenes») de mujer con los que Carlos Mejía Godoy oxigenaba de música el aire. Tan paradisiaco prometía ser aquel arranque de juventud armada y demócrata que incluso su comandante más famoso se llamaba Edén. Fue Edén Pastora, en efecto, el que tomó al asalto el Palacio Nacional del Congreso en Managua, abriendo así la fosa en la que el homicida régimen somocista caería apenas un año después.

Pastora fue de los primeros en desligarse del Frente Sandinista hace ya más de treinta años, decepcionado por la deriva cubano-soviética que en su opinión (y la de otros) estaba tomando el régimen. Pero no sería el único. Ya solo quedan dos de los jefes sandinistas de la primera hora; y uno de ellos es Daniel Ortega, el presidente que vuelve a presentarse en noviembre a las elecciones como único candidato y con la oposición dimitida. Feo asunto para una revolución bonita.

De ello da cuenta en tono muy crítico Sergio Ramírez, que fue vicepresidente del gobierno liderado precisamente por Ortega entre los años 1985 y 1990. Va escribiendo por ahí Ramírez que los comicios se han organizado de manera que el mismo candidato del mismo partido (es decir: Ortega) vuelva a ser reelegido como es costumbre de un tiempo a esta parte desde el año 2006. Más aún que eso, el escritor y antiguo vicejefe del Ejecutivo sandinista acusa a los Ortega de estar instaurando en Nicaragua una autocracia familiar de las que tanto han abundado y abundan en tierras del antiguo Imperio español.

Sostiene Ramírez que Ortega se ha deshecho de la oposición mediante el control del Tribunal Supremo y de todos los demás poderes del Estado, hasta constituir de facto un régimen de partido único. Y sugiere que, paradójicamente, el sandinismo oficialista representado por Ortega se ha mantenido en el poder gracias a su alianza con la empresa privada, que le permitía seguir con su palabrería revolucionaria a cambio de que el programa económico del gobierno se ajustase a los dictados del Fondo Monetario Internacional. Como así ha ocurrido, de hecho, hasta ahora.

De ser ciertas las apreciaciones de Ramírez, que como vicepresidente que fue de Ortega, algo sabrá del asunto, la conclusión no puede ser más descorazonadora. El aire fresco que en su día trajo la Revolución de Sandino se habría viciado en un régimen autoritario y a la vez dependiente del FMI que ya solo sobrevive gracias al populismo y las trapisondas electorales.

El caso de Nicaragua podría llevarnos, en fin, a pensar un tanto melancólicamente que la revolución es un dulce estado de ánimo que se amarga y se echa a perder al contacto con la realidad, cuando la realidad se llama EE UU y está tan cerca. Aunque sea una revolución bonita y perfumada de música alegre como la que hace ya casi cuarenta años trajeron los sandinistas.

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