La señal

El gatopardo español

14.08.2016 | 05:00

Las Bodegas Jorge Ordóñez ponen a la venta su espumoso de baja presión Botani Muscat, un vino para el aperitivo o para la sobremesa. Su hermano, el Botani seco blanco, es fantástico, lo hay también espumoso, y hasta tinto. Y es la uva moscatel de Alejandría, de viñedos viejos plantados a mediados del siglo pasado en Almáchar, la culpable. Pero sale uno de su ensimismamiento en aquellas terrazas del Valle de los Lagares con las noticias del hambre en Venezuela y las denuncias de Human Rights Watchs de detenciones arbitrarias y torturas, a la par que la oposición venezolana se moviliza ante el intento chavista de ilegalizarla. ¡Cómo llora la cuna de Pablo, Iñigo, Juan Carlos, Carolina€! Sin embargo, dice el director del Real Instituto Elcano –uno de los pocos think thanks, laboratorios de ideas, que tenemos–, Charles Powell, que somos una potencia media de ámbito regional con la posibilidad de convertirnos en un actor importante por nuestra ubicación geoestratégica y nuestra historia con árabes y judíos. No sé€ empezamos a comprar por Amazon, a movernos con Uber, escuchamos Spotify, hablamos por WhatsApp, nos informamos por Twitter, etc. ¡Qué rayos quiere decir Powell!, si no tenemos gobierno, Cataluña amenaza con dar un portazo, los podemitas minan la casa, nuestras tropas tienen orden de no atacar en las guerras€ Pero un interesante libro de Paul Mason Post Capitalism sostiene que a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes resultará difícil contener el radicalismo potencial que ya se gesta. Bueno, muchos llevan pronosticando el fin del capitalismo y sale de cada crisis en la que entra más fuerte, en cambio el comunismo murió, aunque queden bastardos en Cuba, Corea del Norte, la misma Venezuela€ Lo que sí se evidencia, como sostiene la doctora Sherry Turkle, profesora del MIT, es que la tecnología digital está atrofiando la empatía, porque si no hablamos cara a cara no entendemos al otro ni a nosotros mismos. Eso debe ser lo que nos pasa a los españoles, que no nos entendemos porque estamos ocupados con el móvil, con la cabeza gacha y los dedos deslizándolos por una diminuta pantalla en la que se encierran nuestras vidas.

Pero junto al peligro del populismo hay otro de no menos tamaño y que ya Giuseppe de Lampedusa lo reflejaba en El gatopardo, que todo cambie para que todo siga igual. En la medida en que retrasemos los verdaderos cambios, más dolorosa será la revolución que asoma. Los muñidores de siempre tratarán de amoldarse al triunfo de lo nuevo apropiándoselo, ya se hizo en la transición y de aquellos polvos estos lodos. Nos sirvió en aquel momento pero nos ha pasado factura -por ejemplo con dos autonomías– cuarenta años después. Es como un gen que termina revelándose/rebelándose. El tiempo nuevo y el tiempo viejo. Ya lo explicaba en este medio Daniel Ureña, consultor en comunicación, «Podemos es un partido con formas innovadoras pero sus ideas son tremendamente viejas». Los afiliados, dirigentes, cargos públicos de todos los partidos tienen una desviación del cuello de tanto mirar hacia arriba, su argumentario lo extraen –aunque se les envía por correo electrónico– de los telediarios, si el líder supremo dice que es de día pues yo digo que es de día aunque no vea a un palmo de mis narices. Son como niños a los que sus padres sacan los domingos a pasear con un globito en la mano y una sonrisa en el rostro. Cuestión de supervivencia. Por eso se aparta del mundanal ruido José Manuel Cabra de Luna, presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, que regresa de un viaje templario por Portugal; y Alfredo Taján se entretiene con Coucteau en Marbella, sin que haya tenido tiempo de advertirle desde el cierre de La Aduana Vieja, aunque seguro que a su pesar lo sabe, que aquel fue uno de los intelectuales franceses más colaboracionistas con los nazis y quien observó con desdén ante un joven poeta que le dijo que quería unirse a la Resistencia: «Se confunde. La vida es más seria que esto». El confundido era él, como ya se sabía. Francisco de la Torre, pero no nuestro alcalde, a finales del XVI ya escribía:

Que el ciervo desangrado,
que contigo la vida
tuvo por bien perdida,
no fue tan poco de tu amor querido,
que habiendo tan cruelmente padecido,
quieras vivir sin él, cuando pudieras
librar el pecho herido
de crudas llagas y memorias fieras.

cima@cimamalaga.com

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