Las cuentas de la vida

Negar el consenso

14.08.2016 | 05:00

Cuenta el filósofo Leo Strauss –lean la fascinante biografía que le dedicó hace unos años Gregorio Luri, Erotismo y prudencia– que lo característico del parlamentarismo liberal es la sustitución de las convicciones, ya sean de derechas o de izquierdas, conservadoras o revolucionarias, por el pacto implícito del consenso. En cierto modo, la tan denostada Transición española fue un proyecto liberal, como también lo ha sido el proceso de construcción europea en la segunda mitad del siglo XX: un acuerdo que surgió como respuesta de las élites al agotamiento de las convicciones, tras el reguero de sangre que dejaron tras de sí las dos guerras mundiales. El objetivo era preservar la paz, aun a costa de desnaturalizar muchos de nuestros ideales: los religiosos, por ejemplo, en un continente dividido históricamente entre el norte luterano y el sur católico; los ideológicos –¿cuándo se han acercado más las prácticas políticas de la derecha y la izquierda que durante los cincuenta años de la posguerra?–; y, por supuesto, los nacionales. El consenso liberal, basado en la división de poderes, garantizó una época de prosperidad y paz quizá sin igual en la Historia, hasta el punto de que, tras la caída del muro de Berlín, se ofreció al mundo como único proyecto de modernidad posible. A su favor jugaba el progreso material, el entendimiento entre las naciones, el respeto a la diferencia y una indisimulada superioridad moral. Poco después, sin embargo, ya entrado el siglo XXI, el modelo liberal empezó a desgastarse, víctima de sus limitaciones y también de algunos shocks externos e internos que no se supieron leer ni interpretar bien. Es probable que el acelerado trasvase de la Europa del Este a los parámetros occidentales no fuera el oportuno, según explican con una brillantez inusual autores como el polaco Andrzej Stasiuk o la reciente premio nobel Svetlana Aleksiévich. Es probable que el propio origen elitista de la UE haya fracasado, al menos hasta el momento, a la hora de construir un universo simbólico adecuado para el conjunto de los ciudadanos. Es posible también que ese consenso no baste para articular a una sociedad tan problemática como la nuestra. No lo sé. Pero, como señaló hace ya algunos años Mark Lilla en un breve ensayo para The New Republic, Asia en general tiende más bien hacia los pensadores políticos de Grecia y Roma que hacia los clásicos del liberalismo europeo. Diríamos que los asuntos que se dirimen en el mundo asiático no son exactamente los que plantean los liberales. O, al menos, nuestras respuestas no les sirven. No del todo.

Pero quisiera volver al punto central del parlamentarismo liberal, es decir, el debate y el posterior consenso. Este relato intelectual anuda la democracia con un sistema muy determinado, que intenta superar la división política entre amigos y enemigos, ofreciendo a cambio un marco generoso de convivencia. La fortaleza de este modelo político resulta evidente en sociedades complejas como la europea, donde muchas de nuestras convicciones entran en algún tipo de conflicto. El valor de la transversalidad y de los consensos amplios y generosos reside precisamente en esta capacidad de seguir sosteniendo la convivencia plural y la paz social frente a las dinámicas históricas de la violencia o de la hostilidad. En el parlamentarismo, las diferencias no son la realidad definitiva ni tienen el poder de pronunciar la última palabra. Sin duda, se trata de una bendición paradójica, porque nos muestra a la vez las debilidades y las excelencias del liberalismo. A fin de cuentas, la democracia moderna se asienta sobre un equilibro frágil y precario, imperfecto, que se echa a perder cuando las posiciones se enconan o cuando los horizontes se estrechan. Y, por supuesto, cuando asistimos al fracaso generalizado de la política.

La política liberal naufraga al encerrarse en sí misma y en sus intereses. Y también al ser incapaz de comprender que su oponente no es un enemigo, sino más bien un adversario. En este sentido, sólo cabe interpretar el panorama actual de nuestro país como desolador. En un magnífico artículo publicado esta semana en Fronterad, Mikel Arteta nos explica que "el no es que no" equivale a la defunción democrática. Sin necesidad de llevarla a ese extremo, la tesis de Arteta no es baladí ni mucho menos. La ineptitud de los partidos para negociar, pactar y buscar el consenso en el corazón mismo de las necesidades y creencias de la mayoría de los ciudadanos supone la negación misma de la convicción representativa liberal. Y este fracaso deja tras de sí un peligroso espacio vacío.

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