Mirador de sombras

El problema de las Olimpiadas

17.08.2016 | 05:00

Uno de los problemas de las Olimpiadas –aparte el de dejar exhaustos a muchos países económicamente débiles que las albergan– es el de que se parte de que son un acontecimiento universal, cuando sólo debería afectar a quienes se interesan por el deporte. Durante los «días olímpicos» nos bombardean literalmente con las más variadas y, en ocasiones incluso extravagantes, variedades deportivas, sin tener en cuenta que existen muchos habitantes del planeta que no se interesan por los deportes, sean olímpicos o no lo sean, y para quienes, por el contrario, lo que prefieren es ver la televisión esto constituye un problema, aunque, verdaderamente, la televisión ofrece muy poco y cada vez peor, por lo que la opción razonable sería ver un vídeo, o, mejor, leer un libro, aunque parece difícil que un adicto a las visiones contemplativas televisivas se resigne a la lectura. En fin, que tenemos Olimpiadas hasta en la sopa a causa de la abusiva suposición de que la contemplación de músculos y sudor interesan a todo el mundo.

En realidad, las Olimpiadas se han convertido en un fenómeno comercial y político de proporciones gigantescas. Aquí de lo que se trata es de vender, y lo que se emite para todo el planeta se promociona mucho mejor que lo emitido por una televisión local o nacional. En el aspecto político, se le pretende dar a las Olimpiadas un soporte muy débil. Contribuyen a la paz. ¿A qué tipo de paz si surgieron para la guerra y para la defensa, y a qué tipo de hermanamiento si en sus orígenes eran una demostración de la clase caballeresca ateniense de lo fuerte y bien preparada que estaba, capaz de saltar con la pértiga y de lanzar la jabalina muy lejos, para que la clase popular no se desmandara?

Las Olimpiadas nacen como un instrumento político: «La «polis» animaba a sus ciudadanos a competir en los Juegos Olímpicos y en otras luchas y premiaba con los más altos honores a los que volvían vencedores –escribe Werner Jaeger–. Al principio la victoria hacía honor sólo al linaje del vencedor. Con el sentimiento de solidaridad de la población entera, sirvió ´ad maiorem patriae causam´». Es decir: sirvieron para no unir a los atenienses con los pueblos limítrofes, sino para advertir a los pueblos limítrofes.

No, las Olimpiadas no exaltan los buenos sentimientos (el deporte es violencia, como toda empresa de competición), sino que son un excelente escaparate comercial. Recientemente, Gustavo Bueno dijo que «me pongo ante el televisor y no pasan diez minutos sin que aparezcan los deportes; la gente corre por la calle como si estuviera haciendo algo trascendente, como si estuviera representando a la Humanidad entera». Sería muy conveniente, en estos «días olímpicos» leer su «Ensayo de una definición de la Idea de Deporte», publicado por Pentalfa, y reflexionar.

En tanto, en Río de Janeiro se sigue representando el gran despliegue nacionalista, imaginando que el país que obtenga más medallas de oro, mejor es.

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