360 grados

A pedradas con el autobús de Google

18.08.2016 | 05:00

Throwing rocks at the Google bus (A pedradas con el autobús de Google) es el título del último libro de Douglas Rushkoff, uno de los teóricos de los medios más críticos del poder monopolista de los nuevos gigantes tecnológicos.

El título alude a la campaña de grupos de ciudadanos de San Francisco contra los autobuses privados de Google que llevan diariamente a sus bien pagados empleados a la sede de Silicon Valley y cuyo itinerario por esa ciudad de la costa Este de EEUU ha hecho dispararse los alquileres de los barrios próximos hasta convertirlos en inasequibles para muchos.

Se trata de un excelente libro que habla de las nuevas tecnologías, pero también del actual y disparatado modelo de crecimiento que ésas propician y que, en lugar de crear bienestar para todos, genera sobre todo riqueza inmensa para unos pocos.

«El crecimiento es el único, indisputado mando central de la economía digital», escribe ese profesor de teoría de los medios de la City University neoyorquina.

La tesis central del libro, que su autor resume en declaraciones al diario alemán Süddeutsche Zeitung, es que fue una ilusión pensar que las tecnologías digitales iban a «empoderar», como tan pedantemente se dice ahora, a las personas y a las pequeñas comunidades. Las tecnologías per se, explica Rushkoff, podrían propiciar un desarrollo equilibrado de ese tipo, pero nuestro «sistema financiero no funciona así, sino que ha sido inventado por monopolistas».

Basta con ver lo que pasa con Google y otros gigantes similares, cuyo actual negocio es comprar empresas tecnológicas para luego venderlas. En ese proceso, dice el experto, «no desarrollan nada nuevo». «Cuando quieren conquistar, por ejemplo, el mercado de las casas inteligentes, no tienen más que comprar una empresa de tecnología doméstica igual que (la farmacéutica) Pfizer compra una empresa de tecnología genética para expandirse. No son más que inversores».

Rushkoff confiesa que se cayó del caballo como Saulo de Tarso cuando Netscape salió a bolsa en agosto de 1955. «Cuando el mundo de los negocios se enteró de que las empresas podían pasar en un par de años de no valer nada a valer mil millones de dólares, todas quisieron de pronto lo mismo».

«Las tecnologías digitales no tienen la culpa. Pero el mundo digital capituló entonces ante las necesidades del mercado bursátil», sentencia el profesor del Queens College.

Para Rushkoff, el punto de no retorno fue la compra en el año 2000 por America Online del consorcio mediático Time Warner. Él escribió entonces un comentario crítico de lo que en su opinión era la absorción de una poderosa empresa de la era industrial por una firma digital a todas luces sobrevalorada.

El diario The New York Times no quiso publicarlo, sino que le pidió en cambio un artículo «positivo» en el que se hablase de «la mayor fusión empresarial de todos los tiempos, que marcaba el comienzo de la era digital». Rushkoff se negó y envío el texto al diario británico The Guardian, que lo publicó al día siguiente. Aquella operación «destruyó literalmente» Time Warner, dice Rushkoff, porque se convirtió de pronto en «parte de un modelo de crecimiento insostenible». Desde entonces se ha malvendido la mitad de aquel emporio mediático: sus revistas, sus parques de atracciones, su empresa de TV por cable. Hasta que AOL decidió abandonarlo, dejando detrás un Time-Warner destrozado.

Últimamente «ya no hay visiones». Se trata sólo de ganar dinero, y por eso, «las tecnologías son cada vez más viles y manipulativas». Con la tecnología digital ha pasado, según Rushkoff, como con la droga LSD. «Del LSD salió luego Prozac, y una substancia química que ponía en peligro el orden establecido devino en una tecnología para el control social». «Demos fármacos a todos para que no tomen conciencia de que están deprimidos. Visto así, no resulta sorprendente que Internet, que debía ser una tecnología liberadora y humanista, terminase convirtiéndose en algo que automatiza los negocios y elimina de la cadena de explotación a las personas».

Dentro de su pesimismo sobre el devenir de las nuevas tecnologías, Ruschkoff ve, sin embargo, algún destello de esperanza. Piensa en los chicos de Silicon Valley que tal vez comprendan un día que tal vez haya algo «más sensato» que intentar sólo amasar millones. «Me parece muy alentadora esa plataforma de taxis que compite actualmente con Uber, pero que pertenecen a los propios conductores. Alguien ha entendido que el valor auténtico de la Red son las personas. Que eso es lo único que finalmente cuenta», explica. La industria, por el contrario, no entiende que está cegada por la ideología: esa gente cree que «es ley de naturaleza el que las empresas grandes devoren a las pequeñas. Y (para aquélla) una buena firma es sólo la que ha triunfado. Si Uber termina derrotando a todas las empresas de taxis es porque éstas lo estaban haciendo mal».

Pero «si Uber no fuera el monopolio que es, podría vender su licencia a las empresas de taxis y admitirlas en su red, pero no quiere socios. Sólo quiere tener que ver con cada persona como individuo. Eso se ha convertido en un principio fundamental. Dividir para triunfar. Una nación de individuos», concluye Rushkoff.

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