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Fracasa otra vez, fracasa mejor

21.08.2016 | 05:00

Si al PP de Mariano Rajoy le pierde la soberbia, al todavía primer partido de la oposición habría que reprocharle sobre todo su falta de definición, su ambigüedad, que le impide ver claramente cuál es el modelo de sociedad, pero también de nación a los que aspira. La combinación de los defectos de uno y de otro, ancladas como parecen todavía ambas formaciones políticas en un cómodo bipartidismo que ha conocido tiempos mejores, tiene desde hace meses a todo el país en vilo sin que se vislumbre una salida.

Naturalmente que al PP le gustaría ahora, tras utilizar su mayoría absoluta durante cuatro años como un rodillo, una gran coalición a la alemana, pero ello, condición sine qua non, con el todavía presidente del Gobierno en funciones al frente de la misma. Lo justificaría la mayoría relativa de votos obtenidos en las dos últimas elecciones, en las que ni los repetidos escándalos de corrupción ni el mal sabor de boca que dejó la prepotencia del PP fueron a todas luces suficientes para convencer a muchos ciudadanos de la necesidad de pasar definitivamente página.
Pero si las grandes coaliciones pueden estar justificadas por situaciones excepcionales, como demuestran los casos de Alemania y de Austria, tienen a su vez un grave inconveniente.

Al desdibujar las ofertas políticas de unos y de otros, que acaban casi confundiéndose, pueden esas alianzas provocar en muchos ciudadanos un rechazo de la clase política en general, que se convierte en terreno abonado para los extremos. Sirva como ejemplo el auge que ha tomado últimamente un partido como la xenófoba Alternativa para Alemania, que ha sabido aprovechar tanto el deslizamiento hacia el centro de la CDU de la canciller Angela Merkel como los continuos titubeos socialdemócratas.

Pero es que además en esa Europa que a Rajoy y los suyos les gusta tanto poner para algunas cosas como ejemplo para España, los políticos sorprendidos en un renuncio no tienen más remedio que dimitir: tal es la presión popular y de los medios. Algo que aquí por desgracia no ocurre.

Aquí se perdió en cualquier caso ya una gran oportunidad, después de las elecciones del pasado junio, de formar una coalición de signo distinto, de centro-izquierda, que habría permitido iniciar una nueva etapa y reforzar a la izquierda en Europa, tan necesitada de nuevos impulsos.

Una coalición que, pese a sus limitaciones –y ¿quién no las tiene?– podría haber encabezado Pedro Sánchez si se lo hubiesen permitido los barones del PSOE, demasiado cómodos en el viejo bipartidismo y deseosos de olvidar que la debilidad de su partido se la han ganado a pulso todos ellos.

Claro que también tendrían que haberles puesto las cosas algo más fáciles los alegres estrategas de Podemos, más preocupados al parecer de rebasar al PSOE por la izquierda que de acabar con el «cuatrienio negro» del PP.

¿Cómo no va a ser posible, se pregunta uno, que, si fracasa esta vez Rajoy, unos y otros – desde el centro hasta la izquierda- abandonen de una vez las posiciones maximalistas y lleguen a una pragmática «entente» que incluya a las fuerzas nacionalistas moderadas y permita acabar de una vez con esta pesadilla?

Claro que para ello necesitaría el PSOE tendría que tener las ideas mucho más claras y mostrar mayor valentía que hasta ahora. A su líder habría que recordarle unas inteligentes palabras del Nobel irlandés Samuel Beckett: «Lo intentaste alguna vez. Fracasaste. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor».

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