Las cuentas de la vida

Los opuestos

21.08.2016 | 05:00

En el mundo de la política, la tensión entre los opuestos proporciona una determinada textura a la sociedad. Incluso, muy a menudo, basta con que sean pequeñas diferencias que el poder aprovecha para legitimarse. A lo largo de la Historia, nos cuenta el geógrafo Yi–Fu Tuan, los chinos se consideraron a sí mismos un pueblo de piel blanca, de un «blanco-jade» –por tanto, dorado, hermoso, vital– que contrastaba con el «blanco-ceniza» –pálido y enfermizo– de los europeos, a los que estimaban inferiores. Fue sólo en el siglo XIX, tras la pérdida de algunos de sus territorios a manos de los británicos, que los chinos empezaron a verse a sí mismos como un país de piel amarilla y no blanca, de blanco-jade quiero decir. Hay que percibir en estas pequeñas diferencias, que estructuran las creencias de la sociedad, algo más que un simple hecho cultural, sino una auténtica realidad política.

Más atrás en el tiempo, comprobamos que la polis griega –el primer rostro de la democracia– surgió en oposición al reinado de los persas, con quienes entablaron innumerables guerras. La democracia establecía la igualdad de todos los hombres libres frente a la cruel estructura jerárquica de los imperios orientales, aunque los griegos curiosamente nunca renunciaron a determinados privilegios de la aristocracia, como podemos leer en sus filósofos. Siglos más tarde, Roma sufrió transformaciones tan radicales que, de un diminuto pueblo asentado sobre siete colinas, se convirtió en un imperio global. En ese proceso, la sociedad romana mutó de la República al Imperio, con Julio César como figura clave en esta transición. La pregunta para los romanos era la eficacia –¿cómo ejercer el poder sobre un territorio tan vasto?– y no la justicia, su justicia, de la que no dudaban en absoluto. Roma representaba la civilización y, por contraste con la barbarie del resto de pueblos, las leyes romanas traían el orden y la libertad. Y todavía hoy se estudian estas normas como una de las raíces esenciales de la europeidad, junto a la filosofía de los griegos y la ética judía.

Digamos que los opuestos hacen avanzar la Historia, a menudo con violencia. En la Revolución Francesa se enfrentaron de un modo cruento los anhelos de la Ilustración con los privilegios del Áncien Régime. Más tarde, todo el siglo XIX supone una sucesión de guerras en Europa, muchas de ellas en clave nacional. Y el XX fue el siglo sangriento de las dos guerras mundiales que terminó con los imperios y en el que chocaron los distintos totalitarismos entre ellos y también con los restos de una democracia liberal que finalmente logró triunfar.

El choque entre opuestos sigue rigiendo también hoy. Para los soberanistas, se trata de España contra Cataluña (o Euskadi); para la política tradicional, la confrontación entre la derecha (PP y C's) y la izquierda (PSOE y Podemos) resulta eterna. Los medios hablan del antagonismo entre los nuevos populismos y los partidos de la estabilidad. En el Reino Unido, el debate ha enfrentado a los partidarios del brexit y a los de la Unión, con la victoria para los rupturistas. En el seno del catolicismo este choque se da en torno a la interpretación del Concilio Vaticano II, entre tradicionalistas y modernistas. Por último, hay una tensión decisiva, fundamental, por la hegemonía mundial entre el viejo imperio liberal de EE UU y el poder creciente de China y Asia.

América y China representan dos modelos de poder antagónicos, que difícilmente pueden convivir. Estados Unidos ejemplifica las virtudes –y los defectos–de la democracia liberal, con su mirada republicana sobre los problemas mundiales. China, en cambio, heredera de las tradiciones de Oriente y de una estructura agraria profundamente feudal, difícilmente puede hacerse democrática. Ni su cultura ni sus modos ni sus necesidades lo son.

La teoría de la modernización sostiene que, a partir de un grado determinado de desarrollo, las sociedades se democratizan. Es lo que habría ocurrido en España tras la muerte de Franco. Es posible que así suceda siempre, pero no seguro ni probable. Las teorías políticas tienen mucho de fábulas morales y, en todo caso, sólo funcionan a posteriori. Cada época busca de nuevo su equilibrio, en especial cuando se enfrentan los opuestos, como ha sucedido a lo largo de la Historia. Y ahora sucede de nuevo: la UE o la fragmentación nacional, la democracia liberal o algún rostro de la dictadura, el parlamentarismo o el populismo...

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