A media voz

La lejanía

04.09.2016 | 05:00

El hombre es un ser de lejanías, dijo alguien. El hombre, el ser humano, la mujer. También las estrellas y los animales, las metáforas y las leyes científicas, los sentimientos y los sueños: lejanías cercanas que, bien usadas, nos catapultan a un espacio puro donde las circunstancias, por lo general tan agobiantes, dejan de pesar y dejan de estrangularnos. Uno, para empezar, está lejos de sí mismo, y para alcanzarse, para cumplirse, tiene que aprender a caminar en la dirección correcta con el ritmo justo. Ir en dirección de lo que se es, que es nuestra obligación como seres vivos, es aprender a gestionar las lejanías que nos constituyen y que dibujan, allá donde alcanza la vista, nuestros horizontes existenciales. Paso a paso andar hacia ese más allá que somos, hacia ese horizonte que nos llama a gritos, hacia esa lejana tierra que nos pertenece y que, para habitarla, tenemos que reconquistar una y otra vez.

No basta con haber nacido: uno tiene que merecerse el nacimiento poniéndose en marcha hacia lo más lejano. Al principio parece un reto imposible y agotador, pero pronto uno descubre que lo más lejano se deja atrapar con facilidad. Es cierto que, una vez atrapado, se escabulle con la misma facilidad y entonces uno ha de apresurarse de nuevo, no perderlo de vista, pensar nuevos modos de cercarlo. Lo más lejano late en el corazón de lo más cercano (una mano que acaricia, una boca que dice, un paisaje que se apaga al atardecer, una ventana golpeada por la lluvia, un libro de poemas): basta saber esto para entender en qué consiste una lejanía, de qué esta hecha, cómo podemos convocarla. Sin lejanías no habría amor, deseo, inteligencia, belleza. Sin lejanías no habría nada y el universo entero no valdría más que una roca girando apretada sobre sí misma.

Es por eso que uno apenas ha tenido, toda su vida, otra vocación que la de la lejanía. No estar aquí, no ser de aquí: cuando podía lo evitaba. Ausentarse del lugar de los hechos antes de que éstos le obligaran a ser el cadáver o el asesino (o todavía algo peor: la policía, el poder), antes de ser uno mismo algo hecho, terminado, prisionero de una forma y de un destino. Por eso uno viajaba, en su desbordado imaginario, hacia lo más lejano, hacia lo inalcanzable. Hacia el más allá de ciertos países, de ciertos conceptos, de ciertas experiencias, de ciertas emociones, de ciertos nombres propios. Un más allá mejor, creía, que los que representan el cielo y la muerte, los más allá tradicionales y prestigiosos por definición, los de otras civilizaciones también antiguas pero ya extinguidas, los de las drogas, o los de la ciencia ficción y los cómics. Un más allá mucho más cercano y amistoso que todos esos, mucho más inteligible y respirable, mucho más secreta y misteriosamente íntimo. Un más allá, una lejanía, que no fuera tanto una mancha en los mapamundis de las geografías físicas o mentales como la negación del concepto mismo de mapa, un deslugar, un punto en cierto modo metafísico que le situara a uno al borde la inexistencia, una nada repleta de acontecimientos maravillosos que le diera otros cuerpos a su cuerpo y otras almas a su alma.

La lejanía como aspiración para librarse de las innumerables asechanzas mezquinas del aquí y del ahora y como estrategia todavía válida para alcanzar la felicidad que somos: casi lo único a lo que todavía podemos aspirar sin volvernos locos y sin rendirnos a la triste dictadura de las evidencias.

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