Crónicas galantes

Cuando la lengua cojea

04.09.2016 | 05:00

Cierta diputada de un partido de la Nueva Política reputó el pasado año de «puta coja» a su contrincante en un chat de debate interno de la organización. Meses después, una facción de las que contendían en aquella batalla entre el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular ha difundido el insulto de la parlamentaria, que al parecer goza de una lengua sin movilidad reducida. No pasa nada. Estos son lances de lo más corriente en el interior de los partidos, tanto da si de la vieja o de la nueva política. Ya Winston Churchill aleccionaba a los diputados novatos sobre la necesidad de distinguir entre los adversarios, los enemigos, los enemigos mortales y, finalmente, los compañeros de partido. «De estos últimos es de los que tienen que cuidarse ustedes», advertía el viejo león británico. Los enconos se agudizan, como es natural, cuando llega el momento de hacerse con el mando de la organización para elaborar las candidaturas que dan acceso a un confortable y bien retribuido puesto de diputado. Relucen entonces las navajas albaceteñas y las lenguas afiladas tales que la de esa parlamentaria que no dudó en aludir a la discapacidad de su rival como argumento en el debate interno. Esa dialéctica recuerda más bien al lenguaje dual del franquismo, que dividía a los lisiados por la guerra civil entre los «caballeros mutilados» del bando ganador y los «putos cojos» del ejército republicano. Sorprende un tanto que recurra a las mismas expresiones una destacada representante del partido que venía a renovar los oxidados y algo abruptos métodos de la vida pública española; pero es lo que hay. Llama aún más la atención que esto suceda precisamente en el interior de Podemos, formación de izquierda amorosa que se presentó a las últimas elecciones con el logotipo de un corazón. Mayormente porque el improperio «puta coja» –con perdón– no acaba de casar con los hábitos de un partido que ha hecho del eufemismo su más reconocible marca de identidad. Si algo cuidan en particular los seguidores de Pablo Iglesias es, en efecto, el lenguaje. Nunca olvidan incurrir en la redundancia del «compañeros y compañeras» o de «los vascos y las vascas», aun a riesgo de que cualquier día se les escape por inercia un «buenos días, buenas noches» a la hora de saludar a la concurrencia del mitin. Por la misma razón, los pisos son en su peculiar jerga «soluciones habitacionales» y la falta de dinero para pagar la luz, «pobreza energética». Abundan igualmente en transversalidades, multiculturalidades, plurinacionalidades y otros conceptos de muchas sílabas que han venido a enriquecer la ya enmarañada jerigonza de los políticos de la vieja escuela. Infelizmente, el caso de la diputada a la que le cojea la lengua sugiere que una cosa es lo que se dice en público y otra bien distinta –e incluso contraria– lo que se deja escapar en privado. Es la vieja hipocresía del poder que Miklós Jancsó retrató en su película setentera Vicios privados, públicas virtudes. El muro del eufemismo, que consiste en dulcificar las expresiones rudas o malsonantes, tiende a derrumbarse cuando los miembros de un partido discuten sus asuntos en la intimidad. En ese discreto ámbito ya son admisibles los chistes de machos y ni siquiera hay reparo en meterse con los cojos, como en tiempos de la España negra. ¿Puede uno burlarse de los problemas físicos de otra persona? Sí, se puede. Siempre que se haga en privado y sin cámaras delante, desde luego. Qué país este.

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