360 grados

Fracaso como nación

05.09.2016 | 05:00

No puede calificarse de otra cosa que de fracaso como nación lo sucedido en nuestro país desde que Partido Popular perdió su cómoda, aunque letal para la democracia, mayoría absoluta.

Un fracaso de todos, sin que sirva echar la culpa sólo, como está ocurriendo, a unos dirigentes incapaces por su obstinación, su falta de imaginación o sus compromisos, de acabar de una vez con una situación que dura ya demasiado.

Un fracaso en primer lugar todo hay que decirlo– de los ciudadanos, por no haber dado al Partido Popular el castigo suficiente que sin duda se merecía por su prepotente forma de gobernar y el nivel de corrupción tolerado en su seno.

Por mucho menos que lo sucedido aquí, en otras democracias más maduras que la nuestra se habría visto a dimitir hace ya tiempo el máximo responsable de esa acumulación de escándalos, que tanto nos perjudica y tanto desprestigio nos causa como país fuera.

Un fracaso, por supuesto, del PP, partido tan absolutamente jerárquico que impide un debate abierto en su seno y por ende la posibilidad de que surja un nuevo liderazgo menos prepotente, más respetuoso del adversario y menos contaminado por el pasado.

Un fracaso también del PSOE, que, incapaz de decidir lo que quiere, mira continuamente de reojo y con temor a su izquierda y busca culpar siempre a otros de su propio fracaso y sus más que evidentes contradicciones.

Un fracaso de los partidos emergentes en los que habíamos depositado ciertas esperanzas, pero que han pecado de bisoñez y soberbia en un caso y de volatilidad, disfrazada de sentido del Estado, en otro, sin que su responsabilidad sea en absoluto comparable a la de sus mayores.
Un fracaso por igual de los independentistas, inventores muchas veces de un mítico pasado y que no parecen entender que si, como dijo el poeta John Donne, «ningún hombre es una isla», tampoco lo es una nación y que no se puede pedir solidaridad a Europa cuando no eres capaz de mostrarla en casa.

Y last but not least, responsabilidad de unos medios demasiado empeñados en culpar del impasse únicamente a la cerrazón del socialista cuando el mayor tapón es un presidente incapaz de reconocer que fuera de su partido no hay quien le quiera y que, echándose a un lado, un enorme favor no sólo al país y a su partido.

Y ¿ahora qué?, se pregunta una atónita ciudadanía. Difícilmente podrá este país de nuestros pecados comenzar una etapa nueva con los mismos o parecidos mimbres.

¿Deben dimitir, para intentar desatascar la situación, los dirigentes de los dos grandes partidos y buscar otros liderazgos? La respuesta no puede ser en ningún caso el populista y tan peligroso para la democracia que se vayan todos.

Está en cualquier caso harta la ciudadanía de que las mutuas recriminaciones –eso que popularmente llamamos y tú más– sustituyan al contraste de programas y propuestas a viejos y nuevos desafíos.

¿Qué se piensa, por ejemplo, hacer con Cataluña, donde hierve cada vez más el descontento? ¿Cómo van a despolitizarse de una vez las instituciones? ¿Cómo va a seguir financiándose el Estado de bienestar y reducirse la desigualdad y la pobreza si no se toca el sistema tributario?
¿Cuál va a ser nuestra relación con una Europa cada vez más egoísta y convulsa? ¿Cómo se va a evitar que los jóvenes tengan que seguir emigrando porque aquí no hay trabajo ni se investiga?

Tantas y tantas preguntas, que no tienen de momento respuesta.

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