Apuntes del natural

Inteligencia

05.09.2016 | 05:00

Si los lugares comunes y el lenguaje de los mercaderes fuesen algo más que palabrería vana, estaríamos inmersos en un mundo en el que la inteligencia impera. Tenemos, o nos dicen que tenemos, casas inteligentes, teléfonos inteligentes y ahora incluso coches con llaves inteligentes. Tanta inteligencia al alcance de la mano queda un poco disminuida por el hecho de que las casas inteligentes no son hogares más acogedores y los teléfonos inteligentes pierden la cobertura igual que los que no lo son. Pero se trata, ya digo, de un sambenito que nos ha caído encima de la mano del origen de tanta listeza, que no es otro que el auge de la inteligencia artificial.

Produjo mucho revuelo cuando surgió hará treinta o cuarenta años y luego fue reculando. Su logro más divertido para mí fue el programa Eliza, en el que un supuesto psicoanalista –en realidad un programa muy sencillo instalado en el ordenador– hablaba contigo casi de la misma manera que lo podría haber hecho un terapeuta freudiano. Eliza quiso terciar como respuesta a la pregunta de Alan Turing (¿puede pensar una máquina?). Se trataba de seguir el argumento de Turing en el sentido de que si no podemos decidir si estamos dialogando a través de la pantalla del ordenador con un ser humano o con una máquina, entonces lo que sea que esté al otro lado, piensa.

Parece claro que quien piensa y quien no lo hace es la persona que ha construido los algoritmos necesarios para lograr Eliza, los teléfonos inteligentes y cualquier otro artefacto por el estilo. Pues bien, algo que me ha sucedido en California tras alquilar un coche con llave inteligente me ha dado la clave. Al terminar la jornada en la universidad de Irvine me fui al aparcamiento a recuperar el coche. Pero por mucho que apretaba el botón de la llave, el automóvil no se abría. Logré meterme en él porque la llave inteligente tiene dentro una tonta, manual y más eficaz, pero fue imposible ponerlo en marcha. Luego de leerme las instrucciones, examinar los chivatos iluminados y maldecir en arameo, tuve que llamar a la compañía de alquiler que, como no, tiene contestadores inteligentes de los que te piden que aprietes docenas de botones y des la misma información multitud de veces hasta que logras hablar con un ser humano.

Tres horas más tarde, y tras decidir la empleada de verdad, la viva, que el asunto era grave porque la llave estaba averiada de forma irreparable, me mandaron una grúa con un mecánico. Respiré de alivio cuando éste me telefoneó y entendí que era mejicano. Nada más llegar, cuando le dije lo de la llave muerta a fuerza de inteligencias, me contestó que él hacía milagros. Sacó una caja grande, le dio una descarga a la batería y la inteligencia resucitó. Resulta que si la batería baja hasta un límite el automóvil deja de responder para no gastar más corriente pero, con toda su inteligencia, no te dice que sea ése el problema. Se limita a ponerse en hibernación. Sucede lo mismo con los teléfonos y hasta con las computadoras portátiles: como te quedes sin batería, se acabó. Es esa la moraleja de los genios supremos que diseñan los trastos inteligentes. Si alguna vez nos invadiesen los marcianos, les bastaría con vaciar las baterías porque la inteligencia se nos va a la que la corriente falla.

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