Las cuentas de la vida

La cultura política

08.09.2016 | 05:00

El fracaso en política no suele ser unívoco, sino que admite una amplia variedad de respuestas, como hemos podido comprobar a lo largo de estos últimos meses. La mala política se mimetiza con la frivolidad democrática cuando la parálisis partidista deja en suspenso la necesidad de contar con un gobierno. Ahora que se habla tanto de «democratizar la democracia», cabe preguntarse cuánto habremos perdido por el camino al renunciar voluntariamente a esa capacidad única de construir consensos que define el parlamentarismo. Tras dos intentos fallidos y camino ya de unas terceras elecciones –si no ocurre una sorpresa después de las elecciones gallegas y vascas, algo a día de hoy difícil de predecir–, España ha entrado en un triste impasse que, paradójicamente, sólo es posible por la evidente recuperación económica iniciada hace dos años. En el contexto de 2010-2011, cuando la situación presupuestaria auguraba una bancarrota y el país chapoteaba en el fango del rescate, la parálisis gubernamental habría sido impensable. Con la mejora del PIB, en cambio, regresa el tono cainita de nuestra tradición política. Los amores y los odios eternos se dedican a zancadillear los intereses generales: demasiada metafísica para una época tan descreída.

Las tesis actuales de modernización se refieren a la importancia de las instituciones. La calidad de las mismas asienta y sostiene el progreso de las naciones, como hemos leído en ¿Por qué fracasan los países?, un conocido ensayo de los profesores Daron Acemoglu y James A. Robinson, muy citado entre los regeneracionistas españoles a pesar de las críticas que el libro ha merecido fuera de nuestras fronteras –entre ellas las del fundador de Microsoft, Bill Gates, quien se pregunta por qué Acemoglu y Robinson no tienen en cuenta la situación geográfica de las naciones–. En realidad, nadie duda de que las instituciones construyan una sociedad en un sentido u otro, aunque por sí solas no son suficientes. Evidentemente, constituyen una herramienta fundamental que dota de la necesaria seguridad jurídica a los Estados, depura las corruptelas y facilita una vía para solventar de forma ordenada los conflictos entre distintos intereses. Y es la buena calidad de las instituciones españolas la que ha permitido ir saneando la partitocracia corrupta o que, a pesar de todos los pesares, el gobierno de la nación haya seguido funcionando a lo largo de estos meses. La crisis política que vivimos en España no responde al fracaso de las instituciones, sino que, al contrario, sin ellas estaríamos mucho peor. Pero, al mismo tiempo, esas instituciones se muestran incapaces de solucionar el bloqueo parlamentario; entre otros motivos, porque ése no es su cometido. Frente a lo que sostienen Acemoglu y Robinson, el progreso de las naciones depende también de algo mucho más huidizo y menos técnico que las instituciones: la textura cultural de los pueblos, su músculo moral, sus hábitos y tradiciones, y –¿por qué no decirlo?– asimismo su intuición y memoria políticas. En esto, como en tantas otras cosas, Tocqueville tenía razón: las formas del Estado necesitan de la cultura de los pueblos.

Y es la tradición política española –nuestras convicciones, digamos– la que nos está fallando. La que nos impide llegar a consensos, acuerdos y renuncias generosas. La que parece no creer en el encuentro, sino que exige la confrontación o la verbena futbolera. La que no entiende que la esencia de la democracia es cooperar en la diferencia. La ausencia de generosidad, en cambio, afianza en nuestro inconsciente colectivo el dogma de las Españas irreconciliables –dos Españas, por así decirlo, condenadas a una especie de callejón sin salida.

Si al final se nos convoca a unas terceras elecciones, me temo que la cuestión a dirimir ya no será el juicio positivo o negativo que nos merecen los cuatros años de gobierno de Mariano Rajoy, sino la capacidad política de los principales partidos para resolver sus diferencias y formar un gobierno estable y eficaz. ¿Hicieron lo suficiente? ¿Por qué ni siquiera se propusieron negociar? Y, por supuesto, nuestro voto deberá reflejar si nosotros, los ciudadanos, somos mejores que nuestra clase política y le ofrecemos la solución que en todos estos meses no ha sabido explorar; o si por el contrario ellos, los políticos, han aprendido la lección y se atreverán a dejar de lado la frívola retórica del inmovilismo.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine