360 grados

Retropía

08.09.2016 | 05:00

Retropía» se llama el nuevo proyecto de libro en el que trabaja a sus noventa años el filósofo anglopolaco Zygmunt Bauman, internacionalmente conocido por sus obras en torno a la «sociedad líquida».

Así lo revela él mismo en una larga entrevista con el semanario alemán Der Spiegel, en la que explica que, a diferencia de la utopía de Tomas Moro, que representaba el sueño de una sociedad ideal aún no realizada, la «retropía» es una mirada nostálgica al pasado.

La retropía simboliza también un lugar imposible, «pero no porque no haya existido alguna vez, sino porque ya no existe. Soñamos con un mundo seguro, en el que poder confiar», explica el profesor emérito de la universidad de Leeds.

Si para Oscar Wilde, el progreso no era sino la «realización de utopías», hoy asistimos a un proceso inverso en el que los «jóvenes europeos ya no esperan del futuro ganancia alguna sino tan sólo pérdidas».

«Son la primera generación de la posguerra que teme que no podrá alcanzar ni sostener el nivel ni la calidad de vida de sus padres (?) Las utopías vieron la luz y pudieron desarrollarse con la modernidad. Y su acabamiento significa el final de la misma».

Aludiendo al pensamiento del filósofo judío alemán Walter Benjamin inspirado a su vez en un famoso cuadro de Paul Klee, Bauman señala que «el ángel de la historia ha girado 180 grados».

«En lugar de un tiempo libre de preocupaciones, vivimos una catástrofe tras otra: terrorismo, crisis financiera, estancamiento económico, paro, precariedad».

«La idea de progreso augura hoy menos la esperanza de una mejoría de la situación personal que el temor a quedarse atrás, descolgado», explica Bauman.

Según el filósofo, a pesar de todos los conflictos por ellos vividos, a pesar de las guerras y luchas de clase en el capitalismo temprano, nuestros antepasados tenían al menos una ventaja: la solidaridad.

Bajo el neoliberalismo, la «solidaridad social» ha dejado paso a la «autorresponsabilidad individual»: es responsabilidad de cada cual preocuparse de su propia supervivencia «en un mundo dividido e imprevisible, aunque los recursos de que dispone para ello son claramente insuficiente».

«El sentimiento general de precariedad que acompañó a la desregulación económica suelta todos los lazos (sociales) y alimenta la desconfianza recíproca. Cada individuo es un potencial rival y competidor».

«Todas las amenazas (que sentimos) se unen en la figura del inmigrante ilegal», explica Bauman, según el cual para eliminar la hostilidad que ése provoca hay que ver en él una persona, «un individuo, y no un estereotipo o el representante de una «categoría, religión o raza».

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