Lo que hay que oír

El caballero villano

09.09.2016 | 05:00

No sé si ustedes han visto alguna vez el exitoso programa televisivo «Policías en acción», en la Sexta, donde con mucha cámara al hombro, mucho desenfoque y muchas carreras se nos van mostrando docenas de intervenciones policiales que suelen terminar con la detención de los malos malísimos: ladrones, alborotadores, traficantes, sujetos violentos y faltosos, maltratadores, histéricos, falsos, pasadísimos de alcohol u otras drogas€ no «de alcohol o drogas», que se suele decir y decir muy mal, como si el alcohol no fuese una droga del copón de la baraja. Si lo han visto, habrán comprobado que los agentes del orden se dirigen a los mangantes masculinos llamándoles «caballeros»: «Ponga las manos sobre el coche, caballero». Y ahí vemos al «caballero», con la mente más turbia que un desagu?e de aguas fecales, sin equilibrio alguno, con la baba colgante, intentando buscar en lo que le queda de cerebro qué será eso de «manos» y «coche», tras haber rajado a otro congénere o pateado a su mujer. Sin duda, alguna lumbrera del Ministerio del Interior cursó la orden correspondiente para que los sufridos policías se dirigiesen a esos individuos tildándolos de «caballeros». Pues ese listo de turno hizo doblemente mal: uno, porque los tales no son caballeros; dos, porque es innecesario del todo usar con ellos vocativo alguno. Vayamos por partes, pues, que la moda se va extendiendo y parece que «caballero» es ya cualquier majagranzas harto de copas y rayas y malos humos.

De acuerdo en que «caballero» pueda ser un término de cortesía, mas creo que solo conviene así su empleo en ambientes corteses: «Buenos días, damas y caballeros», pongamos por caso, al inicio de un acto solemne. Sin embargo, deberíamos entender por caballero al hombre a quien adornan estas tres cualidades: distinción, nobleza y generosidad. O sea, una elevación sobre lo vulgar, el merecimiento de estima por su honradez y la muestra de valor y esfuerzo en las empresas arduas. Si se diesen tales procederes juntos en unión en un mismo hombre, podríamos decir que estamos ante un caballero. Los antónimos de la caballerosidad serían la ruindad, la villanía o la vileza. Y todos tan contentos hablando así y entendiéndonos así, distinguiendo la elevada calidad humana del comportamiento abyecto de esa fauna alimañera que pulula por la calle y refleja «Policías en acción». Tampoco serían «señores», pues ni a un agresor sexual ni a un criminal de amplio espectro cabría considerarlos personas que muestran dignidad en su comportamiento, es decir, «señores». ¿Y entonces? ¿Qué deben hacer los funcionarios del orden? ¿Dirigirse a los canallas diciéndoles cosas como «A ver, macho, estate quieto», «Venga, tío, que te voy a esposar», «No me repliques, pedazo de mamón», «Enséñame tus papeles, payaso», «Escucha, comemierda, que no te lo vuelvo a repetir», «Ponte contra la pared, mamarracho» o un descacharrante «Vacíe los bolsillos, varón»? Pues tampoco. Porque, como escribí más arriba, es totalmente innecesario dirigirse a ellos mediante un vocativo cualquiera.

En efecto, quite usted el vocativo a «Ponga las manos sobre el coche, caballero» y le quedará un guapísimo «Ponga las manos sobre el coche». Lo mismo con «Esté usted quieto», «Le voy a esposar», «No me replique», «Enséñeme los papeles», «Escuche, que no se lo vuelvo a repetir», «Póngase contra la pared» o «Vacíe los bolsillos». Añadir la valoración de «caballero» ni amaga ni pega. ¿Por qué se usa, entonces? Acaso por lo ya dicho: por la ocurrencia de algún alto cargo que afecta dominar el idioma español y es solo un caballero de mohatra en tales cometidos. Aunque me malicio y temo que haya otro motivo oculto: esa pretensión, emanada del Poder, de que nada signifique nada, de que cualquier palabra valga, de que reine la confusión de términos, del qué más da, de que, en definitiva, tenga la misma consideración social un burro que un gran profesor (gracias, Discépolo). A fin de cuentas, si a ambos los llamamos «caballeros»€

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