Apuntes del natural

Libertad y censura

09.09.2016 | 05:00

La revista satírica francesa Charlie fue víctima, como se recordará, de un atentado terrorista el día 7 de enero de 2015 cuando dos hombres armados con fusiles de asalto entraron en la redacción de la revista en París y mataron a doce personas, a las que se añadió un policía poco después, bajo el grito de «Alá es el más grande». Se vengaban así los terroristas de las viñetas en las que Charlie Hebdo había ridiculizado a Mahoma. La respuesta al atentado hizo que millones de personas comprasen el número siguiente de la revista y que un número incalculable en todo el mundo luciese el emblema «Je suis Charlie». A la manifestación de repulsa de París celebrada cuatro días más tarde acudieron decenas de líderes políticos uniéndose a quienes exigían libertad para la crítica, en especial para aquella que utiliza la clave de humor. Año y medio después, Charlie Hebdo vuelve a ser noticia. En esta ocasión por haber sacado tras el terremoto que arrasó la ciudad italiana de Amatrice un dibujo que ridiculizaba a las víctimas, comparándolas con platos como la lasaña, y, quizá anticipándose a la convulsión que iba a producirse, otra viñeta en el que se podía leer «No es ´Charlie Hebdo´ quien construye vuestras casas. Es la mafia». Ni que decir tiene que las reacciones ante los dibujos críticos con las víctimas del terremoto y con los responsables de que se cayesen tantos edificios han sido por completo opuestas a las que se solidarizaron con Charlie Hebdo tras la matanza provocada por los fundamentalistas islámicos. El alcalde de Amatrice ha puesto el dedo en la llaga del problema al decir que las ironías son bienvenidas pero no son de recibo las sátiras sobre las desgracias y los muertos. Es ese el punto esencial: ¿tiene la libertad de expresión, sobre todo si acude a la broma, límites infranqueables? Dicho de otro modo, ¿se justifica algún tipo de censura? En tiempos de la dictadura franquista, cuando a uno le procesaba el Tribunal de Orden Público –y lo sé por experiencia, porque a mí me procesó– era común alegar el animus jocandi, la voluntad de broma, y ese recurso ha sobrevivido tras la llegada de la democracia. Pero incluso con toda la repugnancia que produce cualquier censura parece claro que ni todos los casos son iguales ni existe barra libre para ridiculizar a las víctimas de los atentados, de las guerras e incluso de las catástrofes naturales. Tomar a broma a quienes se mueren de hambre es, como poco, miserable. Pero si es así, si es legítimo y deseable y admitir que la censura es necesaria, ¿dónde quedan sus límites? ¿Qué sucede si la cautela protectora tiene que amparar no solo los daños físicos sino también los morales? Porque entonces entramos en el derecho a que se respeten las creencias y estaríamos obligados a ir con tiento al reírnos ya sea de Jesucristo o de Mahoma.

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