El desliz

No es Bridget Jones

10.09.2016 | 05:00

Llega a los cines la tercera entrega de Bridget Jones, y me pregunto qué tal habrá aguantado el paso del tiempo el desternillante personaje salido de la imaginación de la periodista británica Helen Fielding, primero como una columna en The Independent en la década de los noventa del siglo pasado y luego como libros que se vendieron por millones. Adoro a Bridget y el diario en el que anota los cigarros que se fuma, las copas que se bebe, los kilos que no logra bajar, los pensamientos tóxicos y los buenos propósitos que incumple sistemáticamente, los amantes que no se la merecen y los amigos que le curan las heridas, las pullas de sus padres por una soltería que es una lacra en la treintena y las miserias laborales. Fue nuestra heroína con su faja para reducir los michelines en la fiesta de Navidad de la empresa, un bálsamo autocurativo cuando no existía la posibilidad de desnudar el alma en internet para lograr empatía instantánea. La imitadísima e inimitable Bridget Jones poseía la virtud de describir el mundo sin sentenciosidad y a las mujeres sin condescendencia. A través de su peripecia, las lectoras nos reímos mucho de todo, pero sobre todo de nosotras mismas. Helen Fielding la creó pensando en las chicas rebeldes de Jane Austen y logró trasplantar su espíritu antisistema a nuestros días.

Aunque en realidad estaría cerca de cumplir el medio siglo, la nueva película nos la muestra con 40 años, centrada en su trabajo, soltera, entre dos amores y embarazada. La elección Renée Zellweger para la primera película que se rodó sobre el personaje en 2001 generó controversia por tratarse de una estrella norteamericana. Sin embargo, resultó un gran acierto que la bella y sonriente actriz encarnara con su aspecto ingenuo y tierno a Bridget Jones, un papel para el que ganó once kilos y domesticó su acento. En la segunda parte, Sobreviviré, se repitió el éxito y un elenco que además contaba con Hugh Grant y Colin Firth.

Hace un par de años, unas imágenes de René Zellweger con el rostro desfigurado por lo que parecía ser algún tipo de tratamiento estético generaron una enorme controversia: otra intérprete preciosa, como antes Melanie Griffith o Meg Ryan, perdía sus rasgos a la búsqueda de la eterna juventud que se impone en el mundo del cine, y desde allí al resto del universo conocido, una presión que afecta básicamente a las mujeres. «Qué pena, ya no habrá más Bridget», recuerdo que pensé, pues no podía creer que semejante máscara pudiera volver a dar vida a la expresiva y alocada ciudadana londinense que se pesa a diario, cuenta los días sin resaca a final de año y se mira los granos en el espejo. En un artículo en The Huffington Post publicado en plena promoción de la película, Zellweger negó haberse operado, aunque reivindicaba su derecho a tomar decisiones sobre su cuerpo y su aspecto, y se quejaba del humillante escrutinio público al que son sometidas las actrices, valoradas solo por su apariencia. En concreto, aludía al crítico «cuyo ideal físico está basado en un personaje ficticio de hace 16 años, sobre el que siente alguna posesión, y que yo ya no alcanzo».

En efecto, ella no es Bridget sino Renée, y no hay que exigirle ninguna coherencia con las criaturas de su pasado. Con todo, he visto algunas imágenes de la nueva película y por Colin Firth sí han pasado los años. No por ella, que aparece en los estrenos y en las promociones con un rictus de velocidad, una mueca congelada y una pinta tan triste y etérea que será un milagro si logra sonreír como lo hacía Bridget Jones, y lanzar esas carcajadas suyas tan contagiosas.

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