Las cuentas de la vida

Inicio de curso

10.09.2016 | 05:00

Al leer, trimestre a trimestre, los informes del Banco de España y de la Contabilidad Nacional, se diría que el país prospera a pesar de la ausencia de gobierno. O quizás debido precisamente a ello. De hecho, ¿para qué necesitamos un gobierno si los centros de salud abren cada día, las escuelas reinician su actividad después de las vacaciones, y el turismo y las exportaciones van viento en popa? El elevado déficit público no impide que se paguen puntualmente las pensiones, los sueldos de los funcionarios y las prestaciones por desempleo. El BCE se encarga de cubrir todas nuestras emisiones de deuda y la moneda común garantiza el valor de nuestros ahorros; de forma paulatina, los bancos vuelven a ofrecer crédito y de nuevo se crea empleo. Una normalidad en ausencia de política „o dándole la espalda a la política„ constituye una de esas tentaciones que creemos ver corroboradas en los casos de países con tensiones de gobierno similares a lo largo de la historia reciente, como sería el caso de Bélgica o de Italia. Pero, en realidad –lo sabemos–, esta especie de deserción de la convivencia política no sólo nos desprestigia ante el resto de países, sino que además nos debilita social y moralmente. Sin gobierno puede haber presente, pero difícilmente cabe construir un futuro digno. Al igual que sucede con la educación, el arte de la política se asienta sobre un binomio: la capacidad de hilvanar amplios consensos entre la ciudadanía y de liderar desde las convicciones. Insisto en el paralelismo con la educación, porque también en la escuela se trabaja en diálogo con la sociedad y desde la fuerza y el peso de nuestras convicciones. No es un equilibrio sencillo, sobre todo cuando se carece de una sólida tradición cívica.

La próxima semana iniciamos un nuevo curso escolar y la melancolía por el fracaso político –somos repetidores por segunda vez„ tiene su correlato en la profunda sensación de desorientación educativa en la que están inmersos muchos alumnos, profesores y padres. A veces pienso que, en los colegios –en los españoles, al menos, aunque seguramente se trata de una crisis mucho más global–, se vive algo parecido a lo que supuso el Concilio Vaticano II para los católicos. Lo viejo, lo antiguo, ya no se sostiene y se abraza cualquier novedad, que pasa por ser la panacea de todos los males. Hay algo especialmente trágico en este proceso porque, si por un lado se rompe con la tradición –de la atención, de la memoria, de la repetición más o menos insistente hasta lograr el dominio de una materia–, por el otro se utiliza a los alumnos como cobayas de experiencias educativas cuyos resultados, muchas veces, distan de ser lo que a uno le gustaría que fueran. ¿Constituyen las reválidas o la educación para el test una alternativa real al fracaso escolar? Lo dudo. Pero, al mismo tiempo, ¿qué confianza se puede depositar en una enseñanza de las matemáticas basada en teorías neurocientíficas tan dudosas como la de las inteligencias múltiples? La desorientación educativa tiene mucho que ver con la incapacidad política de establecer un mínimo común de conocimientos y de convicciones que pueda ser aceptado por toda la comunidad docente. En última instancia se trata de un fracaso de la política, lo cual plantea la hipótesis de los vasos comunicantes entre ambas entidades. Necesitamos un gobierno para tomar decisiones que vayan más allá de las urgencias inmediatas. Y, al mismo tiempo, necesitamos alcanzar consensos que doten de una cierta estabilidad no sólo a nuestras instituciones más básicas, sino también –y sobre todo– a aquellos valores que orienten el destino de la sociedad: unas ideas compartidas de lo justo y de lo injusto, de lo bueno y de lo perjudicial, de lo deseable y de lo posible...

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