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Naufragios

10.09.2016 | 05:00

Septiembre proporciona los días de playa más gloriosos del año: en esta época los cielos son cristalinos, las aguas transparentes y las temperaturas moderadas, mientras que las multitudes ya han dejado de transitar la arena. Septiembre supone la clausura de la temporada de baños anual, durante la cual olas y corrientes se han cobrado una triste cifra de víctimas en 2016. El Mediterráneo goza de un aura de mar pacífico, surcado por velas latinas y colchonetas inflables, pero no hay más que darse un paseo hasta el Cementerio Inglés y visitar el memorial de los náufragos de la fragata alemana Gneisenau –hundida durante un temporal en diciembre de 1900 tras colisionar contra el dique de levante- para tomar conciencia de lo contrario.

La estación que comienza puede mostrar la cara más siniestra del Mare Nostrum, pero sería injusto culparle de todas las tragedias que en él suceden. La responsabilidad del naufragio de una embarcación sobrecargada de seres humanos en busca de un futuro mejor es difícilmente achacable a la meteorología. Además, la mar estaba en calma durante dos hundimientos que se conmemoran este otoño: hace respectivamente 75 y 80 años que el portaaviones británico HMS Ark Royal y el submarino republicano C3 se fueron a pique frente a las costas de Málaga. Al primero se lo tragaron las aguas el 13 de noviembre de 1941, al segundo el 12 de diciembre de 1936; ambos víctimas de submarinos alemanes, los U-81 y U-34. Recordemos además que el ataque al C3 fue una injustificable agresión por parte de un país no beligerante en el marco de nuestra Guerra Civil. Los restos de ambos buques siguen en el fondo, bajo la estela dejada por yates y pesqueros, acompañados por despojos de naves fenicias y galeras berberiscas.

*Luis Ruiz Padrón es arquitecto

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