Las siete esquinas

Transgresión

11.09.2016 | 05:00

Si hay un vocablo que hoy en día esté rodeado de una aureola casi mágica, sobre todo en el mundo de la cultura, es el vocablo «transgresor». Si alguien dice: «Esta novela es transgresora» o «Es una película transgresora», todo el mundo se lo toma por un elogio instantáneo, casi el más alto elogio que se le puede dedicar a una obra de arte. El público que lee la crítica no sabe muy bien qué significa exactamente eso de «transgresor», y en general concluye que se trata de algo simpático, novedoso, atrevido y «cool» (he aquí otro adjetivo muy actual que nadie sabría definir, ese misterioso y elusivo «cool» recién llegado del lenguaje coloquial americano). George Orwell decía que la tarea de criticar regularmente las novedades literarias era como ponerse a pesar una mosca en una báscula preparada para pesar elefantes. Y si hoy se usa tanto el adjetivo «transgresor», es porque permite hacer creer al público que una mosca pesa casi tanto como un elefante. Lo único que necesita esa mosca, por supuesto, es ser calificada de «transgresora».

Ahora bien, el adjetivo «transgresor» no significa nada que tenga que ver con lo simpático ni con lo atrevido. En sentido estricto, ser transgresor significa haber cometido una ilegalidad o haber desobedecido determinada norma (o todas las normas, ya sean morales, administrativas o fiscales). Un pederasta es un transgresor. Un secuestrador de niños es un transgresor. Un kamikaze que conduce en sentido contrario por una autovía es un transgresor. Un defraudador fiscal –o un político corrupto– es un transgresor. Un banquero que estafa a sus clientes es un transgresor. ¿Quieren nombres de transgresores de verdad? Luis Bárcenas, por ejemplo, o todos los que tienen cuentas secretas en Panamá o aparecen en la lista Falciani: gente que ha incumplido la ley y ha cometido una transgresión (fiscal, en este caso). Gente que ha engañado y ha estafado. Gente que se ha saltado algunas normas, o todas las normas, en beneficio propio. Gente, en definitiva, que ha desobedecido la ley.

A nadie le gusta reconocer que obedece la ley o que respeta la ley. Si lo hace, todo el mundo piensa que es un cobarde o un hipócrita o un mentiroso. La ley es fatigosa y asfixiante. La ley es molesta. La ley es aburrida. Todo lo que escribió Kafka está dictado por el miedo a la ley (una ley no escrita, tácita, que lo determina todo y lo invade todo, desde la forma de tus orejas hasta un apellido que puede confundirse con el nombre onomatopéyico de la urraca, «kaf-kaf»). Y por eso mismo se ha puesto tan de moda ser “transgresor” en el arte o en la vida misma. Y en estos últimos tiempos también en la política, claro está. «La democracia está por encima de la ley», dicen Iñigo Errejón, Ada Colau y tantos y tantos defensores de la «soberanía catalana», todos ellos gente muy «cool» y muy «transgresora», todos ellos gente que se cree muy honesta y muy comprometida, todos ellos gente que dice actuar sólo en beneficio de los demás. Algunos de los que repiten la frase –cosa asombrosa– son profesores de Derecho Constitucional, jueces, funcionarios públicos o políticos en ejercicio. Deben su cargo a la ley, a una ley tal vez injusta –y aburrida y fatigosa– que a lo mejor perjudicó en algunas de sus estipulaciones a otros aspirantes al cargo que ahora ellos ocupan, pero la ley que los nombró es la que prevalecía en su momento y nadie tiene derecho a ponerla en duda. Esa ley no fue dictada por un tirano. No fue impuesta por un golpe de estado ni por un cártel mafioso. Si esos políticos quieren otra ley, antes deben cambiar la ley actual según los procedimientos que esa misma ley exige. No hay otro camino, salvo la transgresión, es decir, el delito, un delito que en otros tiempos llevaba el siniestro nombre de «alta traición».

Los partidarios de la independencia catalana dicen que la ley que impide la consulta no es democrática y que el Tribunal Constitucional no tiene ningún valor en Cataluña porque no fue elegido por los electores. Elegir a los jueces es lo último que debería aspirar a hacer una persona inteligente. ¿Se imagina alguien qué clase de jueces se elegirían en Las Vegas? ¿O en la Marbella de Jesús Gil? ¿O en una población controlada por los islamistas más fanáticos? Es asombroso que gente supuestamente versada en leyes pueda decir estas tonterías. Pero todo se debe, me temo, al prestigio de la palabra «transgresor». Sólo así, el peso moral de una mosca puede equivaler al de un elefante.

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