El golpe final

12.09.2016 | 05:00

Una vez más. Y suena ya a titular de tercera, pero de los de gacetilla. Sus señorías se envainan el Parlamento y vuelven a tirar la puta al río, con efectos indeseables en el contribuyente y una repercusión de las de toma pan y moja en el espectro ideológico: pronto, España será ese país en el que hasta las beatas se apuntan al punk y los militares se vuelven ácratas. O sea, que esto no hay quién lo aguante y a falta de elementos fiables de juicio, lo mejor, oído y visto lo oído, es tirar de buena fe y de superchería. Que las próximas elecciones las gana el PP lo saben ya hasta lo de las encuestas, que son a la ciencia lo que los niños de teta a las estadistas solteras. Y por si no queda claro, ahí van las señales, para los que entiendan de la cosa mística. Lo de Soria ha sido, en este sentido, una elegante puesta en escena, la repetición, como ya pasó con Fernández Díaz, del clásico escándalo y felonía que siempre le sirve enfermizamente al PP para conseguir votantes sobre la bocina. Ahora sí que sí, se comadrean Rajoy y De Guindos, cada vez más infatuados, más seguros en su romería. Hace falta tener una confianza mastodóntica en uno mismo y en la pasividad del pueblo para cascarse semejante nombramiento en plena faena, con las cámaras delante y con la negociación abierta con Rivera. El presidente debe de pensar que aquí vale todo. Y es probable que tenga razón. Currículum mediante, que esa es otra. Ana Botella con sinecura en la Organización Mundial de Turismo y Soria en el Banco Mundial. Y luego hay quien se extraña de que el sistema financiero se despeñe y de que exista Torrevieja. El exministro además con ese plus de fina desmemoria, esa que le hace firmar de todo sin enterarse, como Franco con las sentencias cuando atacaba la flebitis. Pronto España quedará dividida en dos y será de nuevo procelosamente irreconciliable: de un lado los que perdonan lo de Fernández Díaz y lo de Soria como pecadillos de juventud y del otro los que dicen barbaridades sobre la niña Diana Quer en los periódicos. La España que vota, la España que mola. La que se preocupa de la situación de Venezuela y la que se la trae gelatinosa y resoplona que en Brasil se apoderen del Gobierno con corruptelas y sin elecciones. Soria, Rato y Julio Iglesias. No es verdad lo de la balanza. Puede que, incluso, exportemos demasiado. Y mientras Pablo Iglesias durmiendo la mona en el diván. El líder de Unidos-Podemos tiene que darse cuenta de la necesidad de cambiar de camisa retórica. En el hemiciclo él ya no es un invitado, un tribuno ocasional, sino el portavoz de un grupo al que se le ha encomendado una tarea en un sistema democrático que todavía –nos guste o no– es representativo. Y en el que con la legitimidad moral no basta. Ni siquiera a la hora de encarar a gente cuyo historial daría mucho más para un atestado policial que para un Parlamento. Esperen y testen si lo de Soria no es la catapulta final. Ya se verá el desenlace, con el presidente en lo de Bertín o dando explicaciones a dos hormigas de trapo.

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