Tierra de nadie

Protoespejos

12.09.2016 | 05:00

Al perro no le extraña la huella de su pata sobre la tierra húmeda. A nosotros, sí. La nuestra y la de los otros. Si te acercas a la playa a primera hora de la mañana, con la marea baja, verás los dibujos que han hecho los dedos de las gaviotas. La arena es un espejo en el que permanece durante algún tiempo la imagen de quien ya no está. Las huellas tienen algo de imagen especular, y de molde, por cierto. Poca gente se sustrae a la fascinación que producen sobre la arena casi virgen. En ocasiones, alguien que ha madrugado más que tú ha dejado marcada las plantas de sus pies al caminar por la orilla. No es raro que tengas la tentación de colocar tu pie sobre esas señales, aunque al final la evitas por pudor.
Se produciría un exceso de intimidad entre tu pie y el del desconocido o desconocida que madrugó más que tú.

No es raro, en cambio, que en la segunda vuelta del paseo matinal busques tus propias marcas e intentes acoplarte a ellas por un juego cuyo significado ignoras. Como reescribir sobre lo escrito. Son numerosas las caligrafías que deja nuestra presencia aquí y allá. Lo raro es que esas caligrafías, pese a su abundancia, sigan causándonos admiración. Entonces piensas en la que tuvo que producir en los hombres de las cavernas. Hay cuevas en cuyas paredes aparecen manos. Los hombres o las mujeres de la época, se tiznaban las palmas y los dedos para dejarlos impresos en la pared. ¡Qué asombro, verse fuera de sí! Esas manos son un protoespejo. Recuerdo ahora que con la llegada de las primeras impresoras domésticas, mucha gente caía en la tentación de imprimirse una mano (y hasta el culo). Parece absurdo, pero su contemplación posterior, en la cuartilla, nos sumía en reflexiones confusas que solían resolverse en una risa.

La gente que no sabe firmar imprime en los documentos oficiales la huella de sus dedos, que ya no figura sin embargo en los modernos carnets de identidad. Bajar a la playa pronto, antes de que se llene, tiene sus compensaciones. Una de ellas, la de recuperar la extrañeza, específica de la inteligencia humana, de observar los moldes de nuestros pies sobre la tersa lámina de arena que deja el mar al retirarse.

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