Columna abierta

El Gobierno disfuncional

El asunto del gafe Soria debería darse por cerrado. Tal como está el país, la amenaza de reprobar a la presidenta del Congreso es tocar el violón y seguir dando espectáculo en lugar de soluciones

15.09.2016 | 05:00

Los argumentos técnicos y explicaciones procedimentales del ministro De Guindos ante la Comisión de Economía del Congreso son irrelevantes ante la certeza de que Rajoy y él conocían muy bien la aspiración de Soria a una de las veinticinco direcciones ejecutivas del Banco Mundial. Si no fue directamente propuesto por el Gobierno, tampoco fue vetado. Este es el núcleo del escándalo. Las justificaciones alegadas por ambos mandatarios en plena tormenta política (dentro y fuera de su partido) y mediática, revelan una aquiesencia inaudita. Si no fueron capaces de presentir el efecto, es de temer que el Gobierno en funciones sea más bien un gobierno disfuncional.

De Guindos tiene tablas y estilo para torear de farol un debate en el que se oyeron cosas muy graves. Distinto es que convenza a nadie, y menos que a nadie a los barones del PP que están sudando unas elecciones autonómicas más duras que nunca y peligrosamente influyentes en el desbloqueo estatal o su contrario: las terceras elecciones. A pesar de las torpezas, el asunto del gafe Soria debería darse por cerrado. Tal como está el país, la amenaza de reprobar a la presidenta del Congreso es tocar el violón y seguir dando espectáculo en lugar de soluciones. La clase política pierde mucho tiempo en fiestas tragicómicas que tan solo a ella divierten. Además, si el Rey disuelve la cámara para convocar nuevas urnas, también la señora Pastor tiene los días contados.

Lo más notorio de estos seísmos y sus réplicas es que ni el gobierno disfuncional ni el partido que lo sostiene parecen darse cuenta de lo que encierra el concepto «cambio». Está en su léxico, porque lo contrario sería muy «out»; pero es para ellos un significante sin significado. El cambio real se expresa clamorosamente en los resultados electorales, el bloqueo, el anatema de la corrupción, el final del bipartidismo, la guerra de todos contra los abusos fiscales, la crecida del separatismo, las forzadas renuncias de Soria, y otros síntomas que alimentan hasta la indigestión la crónica de «sucesos» políticos. En definitiva, todo eso que el conservadurismo se resiste a interpretar como un cambio copernicano sin vuelta atrás.

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