Columna abierta

Viejóvenes al poder

19.09.2016 | 05:00

Los dardos cruzados por los dos candidatos a la Casa Blanca son más pintorescos que de costumbre. El largo y a veces aburrido show de las campañas electorales norteamericanas necesita incorporar incentivos jocosos para no repetirse, dada la inmediata difusión televisual de los mítines. El candidato republicano, del que no se conoce currículum político digno de mención, es un caramelo para sus asesores de campaña, que tan solo necesitan envolver en celofanes bufonescos las pocas y elementales ideas de un ultraconservadurismo «patriótico» que repugna a los notables del propio partido. Pero en vista de los sondeos, parece obvio que gustan mucho más a la mitad del electorado.

Entre las ocurrencias recientes del republicano se cuenta la negación de que Barack Obama naciera en EEUU, dato fácilmente comprobable, para autodesmentirse mientras un humorista le revuelve la pelambre rubia ante las cámaras de TV en demostración de que no gasta peluca, aunque lo parezca. Más chocante es el cruce de certificados médicos sobre su salud y la de su contrincante demócrata, entrando a saco en el terreno de la intimidad. También en esto marró el tiro al quedar desactivada su malignidad de escolar. Pero lo más vidrioso es la confrontación de edades, en la que supera en dos años –diferencia irrelevante– a Hilary Clinton, cuya biografía política es infinitamente más rica. A lo mejor, el «magnate» quería exhibir su discutible caballerosidad.

No es la edad de los políticos, sino sus ideas y su personalidad, lo que cuenta en la valoración pública. Probablemente fueron el adorado Eisenhower el más viejo de los presidentes de la era moderna, y el no menos querido Kennedy el más joven. Ni el talento ni la fuerza intelectual son cosa de edad. Rajoy, por ejemplo, es el más añoso de los cuatro líderes españoles, y sería estúpido basar en ello la dialéctica opositora. El neologismo «viejoven» es afortunado como expresión de de la experiencia unida a la vitalidad, la energía y la ilusión juveniles. Y hablando de estas condiciones, lo de Trump no tiene color si se compara con Clinton, «candidata» preferida por todas las democracias aunque la estadounidense tienda a igualarla con su rival.

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