Tribuna

'Podemos' como neoanarquismo

21.09.2016 | 05:00

No hace falta que el alcalde de Cádiz ponga el retrato de Fermín Salvochea en su despacho para saber que, como ideología, y como práctica política cotidiana, es difícil no detectar vetas de anarquismo en las actitudes sociales de la izquierda desde el inicio del proceso democrático. Ahora cobra más fuerza aun con Podemos la incorporación efectiva de las corrientes anarquistas de la Restauración y de la República a la vida política española.

El contexto ha ayudado con la gran masa de jóvenes y adultos condenados al desempleo sin horizonte o a la emigración, y a la reaparición de condiciones económico–sociales deprimidas, y el correlato del desprestigio de las instituciones democráticas como instrumentos de reforma y de cambio. Sólo el peso cultural del término, y su problemática memoria en el imaginario colectivo –como utopía, como ideología violenta– han impedido vincular el anarquismo a la emergencia del 15M y de Podemos.

Para empezar, podría argüirse que Podemos, habiendo nacido de un movimiento de corte libertario en su estructura –asamblearismo y respeto a la autonomía de los individuos y círculos– ha desembocado finalmente en un partido que utiliza las elecciones y busca el poder institucional. Pero en todo caso, formaría parte de la tradición política anarquista que ya se plasmó en un partido político, el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña, participante en el Frente Popular.

Podemos comparte con el anarquismo muchas cosas: el peso de la democracia de base que no es otra cosa que el principio de la autonomía de los individuos, el carácter de sus cargos como meros delegados de una soberanía individual, el uso de la delegación directa del voto para acceder a puestos de dirección, la retórica emocional y radical en el análisis de la sociedad, y el uso explícito de esa impronta emocional –¿qué partido no la busca?– en sus puestas en escena y en sus discursos.

No hay que decir el peso histórico que esta ideología, o si se quiere este talante o esta cultura posee en España o en Andalucía. En realidad, y sin reconocerlo, a la izquierda del PSOE se han utilizado estos planteamientos: en Izquierda Unida de manera clara e incluso en el mismo PSOE, donde las apelaciones al asamblearismo en las crisis internas son recurrentes. Hay en nuestro país una tendencia de rechazo innato al poder y a su cristalización institucional, que se agudiza cuando este entra en crisis de credibilidad como ahora.

En los liderazgos pasa algo parecido. El carisma izquierdista de algunos cobra un perfil especialmente fuerte, –como en los casos de Julio Anguita o Alfonso Guerra–, que recuerdan en cierto sentido a los históricos «apóstoles» del anarquismo y del marxismo. Ello nos pone en conexión con la fuerza de las creencias, especialmente en Andalucía, una tierra en la que los valores del cristianismo –en lo que tienen de redentores, sociales e igualitarios– suelen trasladarse a la política camuflados en el laicismo o ateísmo formal, y como se demuestra año tras año en la fortaleza de sus tradiciones populares católicas paralela a la persistencia de su alineamiento con la izquierda política.

Que Podemos haya desplazado el voto de Izquierda Unida confirma lo anteriormente dicho: el gran rival histórico del comunismo en ese espacio fue el anarquismo, que en la guerra civil llegaría al enfrentamiento armado con aquél, una guerra civil interna. Incluso esa admiración latente de IU por Podemos recuerda las insistentes llamadas del PCE al voto del electorado anarquista en las elecciones de 1936.

Estos matices pueden ilustrar mejor el presente político, porque los dilemas del anarquismo reaparecen también en Podemos. Intérprete, junto al largocaballerismo socialista, de los jornaleros y de los trabajadores urbanos desempleados, analfabetos y explotados de los años 30, y ahora de los jóvenes y familias en situaciones extremas de exclusión, deben decidir lo mismo: llevar al sistema a su límite, impulsar la desobediencia civil y la conflictividad, entrar en él para desestabilizarlo, o buscar acuerdos con la izquierda clásica –que sigue interpretando mayoritariamente a amplias capas de la población andaluza– para reformarlo.

La historia en este caso les dice el dramático, estéril y trágico resultado de la actitud del radicalismo anarquista, comunista y socialista (y ahora mismo cabría añadir del radicalismo independentista catalán) durante la frágil República de 1931, y el coste inmenso que tuvo la tardanza en corregirlo: la entrada en el gobierno de la CNT con el socialista Largo Caballero, cuando ahora sabemos que la suerte de la democracia estaba prácticamente echada en una Europa ganada por los fascismos. Esa lección no la tienen vivida, pero está escrita y pueden leerla. Ojalá la tengan en cuenta en su estrategia política para el futuro.

*Arcas Cubero es profesor titular de Historia Contemporánea de la UMA

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