Para cambiar

Lógica confusa y fulanismo

Lo que ha venido afirmando el PSOE desde las elecciones del pasado junio

22.09.2016 | 05:00

Han oído hablar de la lógica difusa? Probablemente. ¿Y de la lógica confusa? Seguro que no, pero desde hace meses tienen reiteradas muestras de su uso en el PSOE. ¿En qué consiste tal ente? Pues en afirmar que conseguirán o pondrán en marcha varias acciones que son imposibles al mismo tiempo. Así, desde las elecciones de junio de este año han venido afirmando tres cosas a la par: a) que no permitirán que gobierne el PP, partido que, sobre sus dos éxitos electorales, sumó en la intentona de investidura los votos de Ciudadanos y de Coalición Canaria, b) que no gobernarán con los partidos independentistas o partidarios de referendos de independencia, cuyo apoyo es condición imprescindible para que puedan hacerlo, c) que harán todo lo posible para que no haya unas terceras elecciones, lo cual es inevitable si ellos no permiten que lo haga el PP y si renuncian a la colaboración de los proindependentistas.

Es ese un confudiscurso que, en la práctica, vienen manteniendo desde las primeras elecciones de esta no-legislatura, en diciembre, puesto que tras ellas, para sumar con Ciudadanos deberían recurrir a los pro o paraindependentistas. Ahora bien, si ese confudiscurso, negro en su claridad como el galipote, tiene cierta evidencia expositiva en don Pedro Sánchez Pérez-Castejón o en sus adláteres la formulación del mismo (o de otra cosa, ¡vaya usted a saber!) por algunos de los barones territoriales supera con mucho la oscuridad anfibológica de los oráculos. A su lado el «irás volverás no morirás en la guerra», es un prodigio de meridiana univocidad. Por eso algunos interpretan que están en desacuerdo con la actitud del partido y otros lo contrario.

Claro que no hay que olvidar que el patriotismo de partido constituye una componente sustancial de la militancia socialista. Podríamos aducir aquí múltiples ejemplos de socialistas que contemplan espantados la marcha de su partido, pero que después callan y siguen en él, desde Prieto a Fernando de los Ríos –¡aquella su llorosa entrevista con Azaña!–, hasta los valientes Guerra o Bono, que iban a pulir el Estatuto de Cataluña por inaceptable, y todo acabó como acabó, con un sí unánime.

Es curioso, además, cómo todo este proceso, digamos, galipotesco va unido a una sistemática lectura personalista de la cuestión. En efecto, tanto los medios y comentaristas que podríamos llamar de derechas como muchos de los tradicionales de izquierdas vienen sosteniendo que el mantenimiento del no por el PSOE se debe exclusivamente al interés del señor Pérez-Castejón y sus palanquineros por sostenerse en su puesto. Se entiende el interés del discurso de la derecha por personificar en el líder del partido y echar la responsabilidad sobre él: tiene sus ventajas como medio de presión y como elemento que tiñe de culpa su figura para unas próximas elecciones, al tiempo que pretende convulsionar el partido. ¿Pero en la izquierda?

La última demostración de esa mezcla de lógica de agujero negro y de fulanismo (esa especie de proyección mágica en el líder) proviene del señor González Márquez. Después de haber sostenido que el PSOE debería haber llegado a algún acuerdo con el PP, mantiene ahora que «si nos llevan a unas terceras elecciones, les pediría a los cabezas de lista que no se vuelvan a presentar». Pero todos esos fulanistas, incluido el diseñador de joyas González, olvidan que don Pedro no hace otra cosa que cumplir el mandato unánime de su comité federal tras las primeras elecciones, «Ni con el PP ni con Bildu», reiterado tras las segundas: «Nunca con el PP». Y ese comité federal lo forman, no lo olvidemos, todos aquellos barones que parece que dicen nada cuando dicen algo (o viceversa), y que todos, al mismo tiempo, rechazan unas terceras elecciones.

¿Ellos solos? No. Pregunten a militantes y votantes socialistas. Y es que el voto, como saben bien, tiene dos componentes, uno de afirmación en los suyos y otro de repulsión (por decirlo suavemente) hacia otro.

Como diría don Francisco Quevedo: «Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué».

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