Málaga de un vistazo

Mirando al frente

29.09.2016 | 23:14

Decía un sabio: «Haz lo que quieras hacer antes de que se convierta en lo que te hubiera encantado hacer». No es que el buen señor se quedara calvo después de este esfuerzo mental –el desbroce se hereda, como el color de los ojos– creo que lo que le ocurría al pensador de pacotilla es que la vecinita de enfrente– su amor platónico desde que hicieron juntos la Primera Comunión– le acababa de enviar la invitación a su boda con el malaje de Antoñito el Bizco. Y es lo que siempre les digo a mis nietos: «Perder el tiempo en tonterías tiene pena de infierno». Sonríen y siguen a lo suyo, sin hacerme demasiado caso. Parece ser mi destino. Si no fueran tan guapos, otro gallo les cantara. Cosas de abuelas sabihondas y metomentodo.

El cielo lucía azul cuando empecé esta crónica y no han pasado ni diez minutos y veo, horrorizada, que unas preciosas nubes empiezan a posarse en el monte San Antón. Si fuera optimista pensaría que vienen a leer mi maravilla, pero como siempre he tenido los dos pies sobre el suelo, me estoy planteando empezar de nuevo.

Les comunico que anoche empecé una nueva novela: Siroco. No sé, no sé. Y luego dicen que la terruña influye en el carácter de las criaturas. Yo les aseguro que sí influye o, al menos, eso decía mi Tita María, una de las personas más inteligentes que he conocido en mis siete décadas. Siempre decía: «Nunca recibí del Señor nada de lo que le pedí. Sólo me concedió aquello que necesitaba».

¡Qué lindo! El día que se lo conté a mis nietos se les saltaron las lágrimas. De un tiempo a esta parte noto que los niños de mi generación éramos más duros que los actuales. Pero, para guapos, los de hoy.

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