Cuaderno de mano

El árbol de la vida

02.10.2016 | 18:50

La conciencia del hombre es vertical. Primero se erguió sobre su mirada y su lenguaje. Después, y en ello sigue, ambicionó alcanzar la puerta del cielo, el rostro de Dios, el misterio del azul que se adentra hacia un infinito interior en el que gira el secreto de la vida, y el de la luz de la muerte que brilla al fondo de la noche. En su conquista siempre utilizó el símbolo más antiguo de su poder: la razón fálica de la geometría que representan su deseo y su narcisismo. Obeliscos, menhires, colosos de Rodas y faros de Alejandría, campanarios de iglesias y catedrales que guiaban el camino físico, espiritual y comercial de los hombres. Hasta que en 1885 William Le Baron Jenny levantó los 42 metros del Home Insurance Building de Chicago. La maldición del Génesis 11:1-9 quedó hecha cenizas. La venganza de Babel soñó justicia con la carrera del dinero y la arquitectura por erigirse en la memoria de la prosperidad, del desarrollo, del poder y de la pasión del hombre por desafiar las leyes de la naturaleza. Su último récord es el edificio Burj Khalifa de Dubai con más de 800 metros de altura. Una cumbre que muchos sueñan en desbancar en vértigo. En esa embriaguez de equilibrio y magnificencia no se tiene en cuenta la creatividad con aspiración icónica de una cultura, como es el caso de la Torre Eiffel, un hito de la ingeniería del XIX de la que muchos estamos enamorados. Lo que de verdad importa es su definición de eje en el paisaje, su emblema de modernidad y autoestima en el skyline de la ciudadanía. Su estrella como reclamo.

En Málaga está sucediendo. 350 metros de ego y perfil aerodinámico tienen a la calle, a la política, a la cultura, a las empresas y a la arquitectura no tan divididas como el PSOE -cuya carencia de discurso sin identidad ni cuartel lo han convertido en el decimosexto arcano mayor del tarot herido por el rayo- pero casi. Se trata del Hotel Suites Málaga Port, promovido por el grupo catarí Al Bidda y con un coste de 120 millones de euros. Una elipse acristalada con 35 plantas, 352 habitaciones con vistas por encima del horizonte del mar. A este proyecto de magnitud y elevada inversión, no puede faltarle, ¡cómo no!, un centro comercial y un casino. Dos emblemáticas ofertas para transformar de paso el earthline de la ciudad. Soñar, comprar, jugar, la tríada que mueve el dinero del mundo. Lujos al alcance de unos cuántos elegidos y que a los políticos y empresarios que ofertan Málaga como destino cultural- a pesar de lo poco que administraciones y consejos apuestan con presupuestos que avalen su desarrollo y su calidad- los tiene entregados y sin haber dado oportunidad al debate ciudadano. Cualquier foro público lo consideran pernicioso o destructivo para una ciudad que lleva tiempo soñándose rascacielos. Da igual que se construya en manojo en los viejos terrenos de Repsol o en el dique de levante, al estilo del Hotel Vela de Barcelona. Lo importante es la teofanía del turismo. Su símbolo de pureza, de gozo y de victoria al que venerar porque, aseguran, genera marca y empleo en una ciudad en la que se cierran librerías, galerías de arte y todo se fía a la hostelería. No es baladí que la zanahoria sea la creación de puestos de trabajo, a pesar de las nóminas y la noria de la precariedad laboral. Necesario maná de este siglo de economía en vertical y supervivencia subterránea.

El síndrome de nuevo rico es fastuoso, fálico y agresivo en su manera de hacerse notar en el medio ambiente social, cultural y económico. Su querencia empujó a muchas capitales a tener facultades sin mercado, aeropuertos sin mapa aéreo y centros de arte sin contenido. A querer rivalizar con Benidorm en una orilla colmatada que empata con el cemento fantasma de la Costa del Sol. También hay en la esfera social quiénes desprecian el significado de las grúas del puerto y defienden en cambio la estética qué de la columna catarí. A estas dos posturas hay que sumarle el vigor de la arquitectura contemporánea que por un lado rechaza impactos visuales, como en su día hizo con el silo portuario y luego erige otros más potentes desenmarcando el paisaje. Su actitud no termino de entenderla. ¿Se es más innovador y brillante si se templa en el aire una volumetría en aguja como los 200 metros del InTempo de Benidorm, los 284 metros del Trump Hotel de Panamá o los 484 del Ritz-Carlton de Hong Kong que si se geometrizan en plano los 12.825 metros cuadrados de la Bodega Bauer Winery de Mendoza, los 13.564 del Denver Art Museum o los 21 mil de la Biblioteca Real de Copenhague a la que todos admiran como El Diamante Negro? ¿A qué altura se encuentra hoy el talento de la arquitectura moderna?

En mi ciudad no se debate acerca de estas cuestiones. Mucho menos sobre los verdaderos proyectos emblemáticos ni el plan estratégico que requiere la ciudad o el reto que exige el Guadalmedina que la sigue partiendo en seco y en dos. Al Colegio de Arquitectos se le hace poco caso. Ni antes de la crisis, cuando muchas obras eran rehenes de las Cofradías de Semana Santa y sus circuitos, ni ahora que tienen poco trabajo y una firma en columna impresa que discrepa, reflexiona o defiende con criterio. Tampoco a las escasas voces puntillosas de la prensa y la sociedad civil. Da igual que se tenga la solvencia de un humanista de las Bellas Artes como José Manuel Cabra de Luna o que Sebastián Sánchez sea un periodista que recuerde que en 2007 el ayuntamiento rechazó la petición del puerto para permitir un complejo turístico-recreativo, con destino hotelero. Entones se dijo que el proyecto implicaba una reinvención del paisaje, y alteraría la fachada marítima. La gran mayoría de los fascinados de hoy no recuerdan que, en ese mismo espacio, se desechó la construcción de un Auditorio, más identitario culturalmente (véase el ejemplo de la ópera de Sidney) que el tótem que se avala ahora en comunión y boato. Tampoco se piensa en los problemas del incremento del tráfico en la estrecha zona alrededor del muelle 1 y 4.

El futuro perfecto es lo que cuenta. Y en esa declinación son muchos los que echan cuentas sobre la posibilidad de que el paseo en dirección al dique de levante, donde se levantará el hotel, se convierta en la milla de oro de Málaga. Otra larga calle en la que montar otro centro comercial abierto para el turismo de consumo. No me extrañaría qué ya puestos al lado del Suites Málaga Port se otorgue luz verde a otra edificación en altura, por supuesto, y tener así un símbolo del Boaz y de Yakim. Los dos pilares del vestíbulo del Templo de Salomón, inspirado en las puertas del Paraíso cuya ciudad es Málaga, según la bautizó nuestro Nobel Aleixandre.

Todo por los turistas. La única inmigración que acogemos con una sonrisa. El destino al que le invertimos nuestra política y cultura, erigiéndole altares de vértigo, en lugar de invertir en un urgente emisario submarino que mantenga limpias y azules las aguas de nuestra bahía. Abierta, mediterránea, frente a la que nos queda poco tiempo de sentarnos viendo los barcos llegar, y cómo la marea se aleja, mientras suena en la nostalgia Ottis Redding y a nuestra vera nos levantan el lujoso falo de ese árbol de la vida que nos dicen que es el turismo.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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