Mal de ojos

La pota que te parió

05.10.2016 | 18:54
Chicote, en una imagen de Pesadilla en la cocina.

Una pota de Chicote es un punto de audiencia, de share, dijo Quique Peinado. O lo que es lo mismo, cuanto peor lo pasa Chicote mejor lo pasa el espectador de Pesadilla en la cocina. Así es la ley. Así son las tablas normativas de este negocio. Cuanto más grita y más aspavientos hace Mila Jiménez, que los hace a mogollón, que no para de hacerlos como una poseída, ya se retira el pelo de la cara, ya se ahueca el gabán que le ponen, ya mira con el ojo torcido, más sube la crema inmunda de esa taberna de parroquianas que se tragan la bola. Alberto Chicote pasó por Zapeando la semana pasada promocionando el estreno de la quinta temporada –regresó fuerte, el jueves, con cerca de dos millones– y pasaron imágenes de momentos estelares de esta nueva tanda. Y allí estaba Chicote con los ojos como platos, echado en la pared de una cocina inmunda, aguantando la vomitera al ver lo que un tipo sacaba de la nevera, una cosa grisácea, pastosa, podrida, con un olor nauseabundo que traspasaba la pantalla, y que pretendía servirlo al cliente que esperaba sentado en su mesa. Por favor, tíralo, tíralo, decía Chicote a punto de potar tapándose la boca. Una pota de Chicote es un punto de audiencia. Una lágrima de la Esteban... Bueno, hoy, en el mercado del barrio, las lágrimas de Belén Esteban están por los suelos. Cualquier sardesca de las que fabrica Gran Hermano hace más puntos que esta tiparraca. Una transparencia de Cristina Pedroche le marca un gol a los de enfrente. Esa es la partida del reto al que cada semana Pablo Motos somete a Pilar Rubio, que al final, después de su errático paso por Mediaset, en su rincón de El Hormiguero, parece haber encajado. Nada menos que dos minutos y medio aguantó la mujer bajo el agua para superar su propio récord, que estaba en dos minutos trece segundos. Cuanto peor para ella, mejor para Pablo.

A la calle, hombre

Por cierto, volvamos a la órbita ¿Laika? No, a la órbita Sálvame. La dirección de ese grupo de caníbales está que se relame. Cuanto peor le va a alguno de los suyos, pero no en la rifa del día para ir a por este o la otra, sino peor en la vida real, mejor le va a la dirección y a la audiencia, hambrienta de sangre y lágrimas, fingidas o no. Creo que el deformado del bisturí, con su consentimiento, Kiko Matamoros, y su mujer, que se hace llamar Makoke –no me pregunten por qué ni cómo– se casaron ante dos revistas del himen para luego pasar por taquilla con la exclusiva de la tontería esa del vestido de la novia. Pero un tal Jesús Manuel, místico del cotilleo, un segunda fila, una de esas mosquitas muertas que las matan con el rabo, filtró el tesoro del negocio a otras revistas, que publicaron un momento de la boda donde se veía, como mi barriga cuando me miro al espejo, «el secreto mejor guardado». La que llevan en Sálvame hace dos semanas a cuento del cuento es como el maná bíblico. Cuanto peor le vaya a Kiko, al Jesús Manuel este, y a la Makoke esa, mejor les va a ellos. Hay otro caso reciente en el que cuanto peor le vaya a un tipo, mejor nos va al resto, sí, un resto genérico, es decir, cuanto peor le vaya a Alfonso Rojo, mejor le va a este país, a la decencia, al periodismo y a esa cosa vaga llamada dignidad. El director de un panfleto digital llamó «mangante, chorizo, y sinvergüenza» en La Sexta Noche a Pablo Iglesias. El de Podemos lo denunció en 2014, y la Audiencia Provincial de Madrid condenó al bocazas a pagarle 20.000 euros. Cuanto peor a Rojo, mejor al resto. Viva la pota que nos parió. Por cierto, ¿ha enviado TVE a Rojo al desierto de la baja, le ha quitado el título de tertuliano de la pública? ¿No? ¿Sí, pero...? Que sea sin vuelta atrás el veto. TVE no puede contar con un señor condenado en firme por mala praxis, por no ejercer la profesión con la honestidad debida. Antena 3, tampoco. Susanna Griso debe de poner a este señor en la puta calle para no manchar el buen nombre de Espejo público ni abochornar a la audiencia. Sus potas son nuestros agravios.

¿Existe ya el PSOE?

O sus berridos son nuestro descojone. Como cuando Leticia Sabater dice que «somos muchos los artistas orgullosos de apoyar al PP». Arte y PP es un sindiós. Igual que Leti y artista es un estrambote. Pero como no hay dos sin tres, aparece por el horizonte el que se retrataba con media España y que saltó al mundo del fango como el Pequeño Nicolás, al que han contratado en Telecinco para visitar las casas de personajes en evidente descomposición e interés entre morboso, lastimero y de perdidos al río. Y ahí aparece la autora de la Salchipapa, señora a la que, por segundos, dice admirar la estrella descarrilada de Gran Hermano, Jorge Javier Vázquez, que al parecer es una estatua de sal que, en palabras como cañonazos del primer ganador del concurso, Ismael Beiro, «lee muy bien», es decir, que Jorgeja lo hace fatal porque sólo está pendiente de seguir el guión mirando a la pantallita. La verdad es que me da igual. Sigo en mis trece y me niego a verme sentado ante la pantalla viendo semejante tontería. El avispado Nicolás llegó a casa de la artista orgullosa de apoyar al PP y ésta en vez de la salchicha le lamió el cogote. Chicote pota viendo lo que esconden las neveras de sus restaurantes. Uno pota viendo imágenes como la mentada. O la convertida en reto nacional a ver quién tiene la santa serenidad de no escupirle a la pantalla con bolas de comida fermentada al ver a una ristra de chorizos encabezados por Rodrigo Rato, Miguel Blesa, o Gerardo Díez Ferrán, el que fuera zorro en el corral de gallinas de la patronal que dijo que había que trabajar más y ganar menos, la pota que lo parió, en el juicio sobre las tarjetas opacas de Caja Madrid. Cuanto peor les vaya, mejor nos irá. Al revés también funciona la idea. Cuanto mejor le vaya al PP, peor nos irá al resto. Y así hasta la pota final. ¿Por cierto, el PSOE existe ya? Ay, Pedro Sánchez, pota un poquito más y vete. Cielo.

La guinda

Al futuro
El martes regaló La Sexta uno de esos programas que ennoblecen a muchas partes, a la cadena que lo emite, al equipo que lo firma, y al espectador que lo ve. Enviado especial quedó en la última entrega como Enviado al futuro, y Jalís de la Serna fue mostrando lo que, cociéndose hoy, en arquitectura, medicina, u otros campos, conformará el futuro. Asombra lo que veremos gracias a impresoras gigantes con capacidad 3D.   

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