Aprendiendo de nuestros errores

Bienvenido Mr. Hammond

10.10.2016 | 00:01

El ruido ocasionado por la publicidad dada a la división interna en el PSOE y, en menor medida, por el «inesperado» resultado del referéndum que hubiera debido convalidar los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, ha restado mucho relieve al resto de las noticias, y en particular a las relacionadas con la celebración del congreso de los tories en Birmingham. De este último que me interesa, particularmente, un hipotético cambio de política económica, que aconseja tratar un dilema abierto en la década de los 80 del pasado siglo, cual es el papel de la política fiscal como política de estabilización.

Como es lógico, en la actualidad son muchos los políticos y economistas preocupados por las consecuencias del Brexit, ya que la salida de Reino Unido de la UE puede empeorar las ya desfavorables condiciones económicas que reinan a nivel internacional. Lo cierto es que, en el momento presente, casi cualquier evaluación que pretenda hacerse a este respecto, puede ser una pura especulación, dado que no conocemos ni el momento, ni las condiciones, en las que se producirá la salida, si es que, finalmente, como todo parece indicar, se materializa.

No obstante, si cualquiera de nosotros fuera responsable de diseñar las políticas económicas estabilizadoras en Reino Unido, sea la monetaria, sea la fiscal, debería estar estudiando qué hacer para minimizar el impacto que sobre la economía británica genera, en primera instancia, la incertidumbre –esta sí que es bien cierta–.

En tal contexto, el Banco de Inglaterra ha considerado que las perspectivas de crecimiento, a corto y medio plazo, se han debilitado notablemente, lo que daña la capacidad de oferta de la economía y, eventualmente, dará lugar a un aumento del desempleo. Siendo así, ¿qué ha pensado la autoridad monetaria británica para paliar, en la medida de lo posible, la situación? Simplemente, más de lo mismo, lo que se traduce en un recorte adicional del tipo de interés, un incremento de la flexibilización cuantitativa, con mayores compras de títulos de deuda, tanto pública como privada, así como un nuevo esquema de financiación a largo plazo para las entidades de crédito. La historia es que los bancos centrales, también el de Inglaterra, después de verse «obligados» a adoptar, desde el inicio de la crisis financiera internacional, todo tipo de medidas heterodoxas, se han quedando sin munición. En algún momento tendrán que empezar a normalizar la política monetaria, aunque tengan mucho miedo a las consecuencias de hacerlo, como está demostrando la Reserva Federal en EE UU.

Por otra parte, y sin que esto pretenda ser ningún tipo de censura a las actuaciones generalizadas de todos los grandes bancos centrales del mundo (excepto el BCE en los primeros años tras el inicio de la crisis) flexibilizando sus políticas monetarias lo cierto es sus beneficios han sido muy limitados para impulsar el crecimiento de la economía y generar una significativa creación de empleo, porque nos hemos topado con la vieja «trampa de la liquidez». Pero alguien tenía que hacer algo para evitar el desastre y, ante la inacción de la política fiscal, mejor esto que nada.

Con todos estos precedentes, me ha sorprendido el ministro de finanzas del gobierno conservador de Reino Unido, Philip Hammond, en el ya citado congreso de su partido. El canciller del Exchequer (como se conoce a los ministros británicos de hacienda), ha anunciado un cambio de planes en materia fiscal, porque, según sus palabras, las turbulencias derivadas de la decisión de abandonar la UE, les obligan a relajar el rigor fiscal impuesto por su antecesor en el cargo, George Osborne, y a aplazar, en principio sine die, el objetivo de alcanzar un déficit presupuestario cero, porque resulta imprescindible invertir para apoyar el crecimiento de la economía.

Cualquier alumno que haya sido capaz de superar un curso de introducción a la Economía, podría entender, perfectamente, que en las circunstancias que vivimos desde hace años, lo que ha anunciado Hammond debería ser absolutamente normal. Sin embargo, he de confesar que me he quedado desconcertado, viniendo de quien viene, si es que finalmente así se materializa (la decisión formal se aplaza al mes de noviembre), lo que deberíamos celebrar. Por fin, alguien reconoce que cuando existe un déficit importante de demanda, es conveniente estabilizar la economía incrementando el gasto público, especialmente el de inversión, mucho más que relajando la política monetaria, aunque también ésta pueda ayudar.

Me parece particularmente meritorio viniendo de un conservador británico, porque fueron ellos, liderados por Margaret Thatcher, junto con los republicanos de Reagan, quienes comenzaron a demonizar las teorías keynesianas, con la finalidad de reducir el tamaño del sector público, aplicando políticas neoliberales fracasadas, y dejando toda la responsabilidad de la política estabilizadora en manos de los bancos centrales. Para todo lo demás, sólo políticas de oferta.

La austeridad fiscal que se autoimpuso el gobierno británico, como la que se deriva del erróneo Pacto de Estabilidad de la zona euro, ha dado, como resultado, en el mejor de los casos, crecimientos raquíticos y el mantenimiento de elevadas tasas de desempleo.

Si queremos que Europa pueda restablecer una senda de crecimiento y ser capaz de competir en un mundo globalizado, no tenemos más remedio que invertir en infraestructuras y en capital humano, sin temer tanto al déficit fiscal. Particularmente algunos países tienen margen más que suficiente para endeudarse, a tipos de interés prácticamente nulos, y financiar tal esfuerzo inversor, del que nos beneficiaríamos todos.
Otros, entre ellos España –sobre la que algunos dicen con descaro y sin ruborizarse que es el alumno aventajado de la clase europea– deben tener mucha más prudencia, porque con una deuda que supera el 100 por 100 del PIB, el día que el BCE cambie de política, que en algún momento tendrá que hacerlo, veremos cómo se dispara el gasto asociado al servicio de la deuda, y cómo aumenta la dificultad para vender los bonos del Reino.

Pero éste no puede ser el caso de Gran Bretaña, que ni tiene el mismo nivel de deuda, ni tiene porqué temer un aumento de los tipos de interés, ya que un país que puede emitir deuda en su propia moneda puede mantener, con facilidad, los tipos de interés tan bajos como desee, con la colaboración de su banco central.

Así pues, bienvenido sea el cambio de política del Reino Unido y a ver si cunde el ejemplo. Dicho esto, por favor, pónganse a temblar con el resto de las conclusiones del congreso de los tories: más nacionalismo y xenofobia.

*Juan Antonio Gisbert es economista

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