Tierra de nadie

Que me lo expliquen

11.10.2016 | 05:00

Acabo de leer una información sobre la «deuda global» que no he entendido bien. Decía que ha aumentado hasta extremos alarmantes, situándose ya en el 225% del PIB (del PIB global, suponemos). He buscado aquí y allá el significado de la expresión «deuda global» alcanzando la conclusión, quizá equivocada, de que es la que humanidad tiene consigo misma. En otras palabras, lo que nos debemos. Y nos debemos miles de millones, quizá de billones, de euros, de dólares, de libras, etc., porque la hemos contraído en infinidad de monedas. De lo que no se hablaba es de los plazos para pagarla ni de los intereses. En todo caso, para algunos analistas se trata de una bomba de relojería que podría estallarnos de un momento a otro en plena cara. Tras cerrar el periódico, he echado la silla hacia atrás y me he quedado un rato contemplando el techo. Por cierto, que he visto en él una salamanquesa que vive desde hace meses con su familia entre las vigas. No molesta y se come a los mosquitos, de modo que tampoco le cobro el alquiler. Quiero decir con todo esto que me puse a pensar. A imaginar, más bien. Imaginé que me prestaba a mí mismo 15.000 euros. Para ello, iba al banco, los sacaba de mis ahorros y me los entregaba antes de abandonar el establecimiento. Se trataba de un dinero que me venía muy bien porque necesitaba cambiar de coche. Decidí, dada la abundancia del mercado de ocasión, adquirir uno de segunda mano con prestaciones de primera. Aparcaba solo, con eso está dicho todo. El primer mes pagué la parte alícuota del préstamo que me había hecho con unos intereses del 5%. El segundo mes también. A partir del tercero empecé a tener dificultades y suspendí los pagos. Los intereses de demora se fueron acumulando hasta que la deuda alcanzó proporciones alarmantes. Me acuciaba a mí mismo enviándome cartas con amenazas de embargo. Cada semana recibía dos o tres, pero qué iba a hacer si no tenía dinero y por el coche no me daban ni la cuarta parte de lo que me había costado. Un miércoles me levanté especialmente lúcido y me perdoné la deuda. Asunto arreglado. ¿No podría la humanidad hacer lo mismo que yo? Me expliquen por qué.

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