Tribuna

La masa enfurecida

El peligro del «shitstorm» o «linchamiento digital»

11.10.2016 | 05:00

Fundéu, el organismo que vela por la corrección lingüística, aconseja llamarlo «linchamiento digital». Pero el término inglés se acerca mucho más a la nauseabunda naturaleza del asunto. Hablemos del shitstorm o, literalmente, «tormenta de mierda».

Ésa es la que te llueve encima en las redes sociales cuando uno de tus comentarios no cae en gracia o se pasa de gracioso a juicio de una mayoría anónima que desperdicia sus horas acechando con un móvil en la mano y una soga en la otra. El último en caer víctima de una de esas tormentas de odiadores (haters) que patrullan las redes sociales ha sido el periodista Iñaki Gabilondo, quien opinó que uno de los problemas que ahora tiene el PSOE es haber elevado la abstención a la categoría de sacrilegio y al instante le cayó la del pulpo.

Los pensadores afectos al ultracorrecto Gabilondo se rasgan las vestiduras porque la masa digital enfurecida se le ha presentado en la puerta con sus antorchas, pidiendo sangre y justicia rápida. Y eso es quizá porque hasta ahora vivían en el espejismo de que las redes sociales son un espacio de debate, de intercambio de ideas, de confrontación de pensamientos, etc, etc... Eso es no conocer la naturaleza humana. Si en el Parlamento Europeo ya se están dirimiendo las disputas a puñetazos –caso del UKIP– imagínense en las redes sociales. Ni se pide turno de palabra, ni la venia: son patios de vecinos donde los asuntos se dirimen con dagas y pullas, a empujones e insultos. El argumento definitivo es vaciar el orinal sobre la peña. Gana el que más grita, el que más seguidores logra enardecer. El que busque el triunfo de la razón, que lea a los Ilustrados franceses con el móvil apagado. ¿O es que acaso alguien esperaba lo contrario?

El problema es que cuando llueve mierda en las redes sociales muchas veces alguien acaba ahogado en la vida real. Fue lo que le pasó, por ejemplo, a la consultora de comunicación estadounidense Justine Sacco, que en diciembre de 2013 tuvo la mala idea de hacer una broma en Twitter cuando estaba subiéndose a un avión. Escribió: «Me voy a África. Espero no agarrarme el sida. Es broma. ¡Soy blanca!» Cuando se bajó del avión y volvió a encender el móvil su comentario desafortunado se había convertido en viral y había recibido miles insultos y amenazas de todo tipo. Perdió su empleo. Hoy sufre insomnio. El mundo se le había caído encima con todo el peso de la ley de la selva. Lo mismo le pasó más recientemente a la joven italiana Tiziana Cantone, que se quitó la vida con 31 años después de haberse convertido en la mofa nacional por una frase («¿Estás grabando un vídeo? ¡Bravo!») que pronunciaba en un vídeo de contenido sexual difundido por su exnovio. Se hicieron camisetas, parodias musicales... Sin piedad.

Somos así. Cuando sólo tenemos que apretar un botón, aún intuyendo que estamos obrando mal, siempre apretamos el botón si nos lo ordenan o hay una mayoría que también lo está haciendo. Antes, para destruir una sociedad había que tomarse la molestia de montar una revolución o similares. Para matar, había que acercarse al tipo y hundirle un filo en las entrañas. Era todo más aparatoso y cansado. Ahora haces clic y no se entera nadie. Cuando oigan hablar de «democracia digital», tiemblen.

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