Las siete esquinas

El ocaso de la socialdemocracia

Ahora mismo, la socialdemocracia es como una vieja locomotora, sólida y resistente, pero que no tiene nada que transportar

12.10.2016 | 21:41

Al final de su vida, el historiador Tony Judt decía que la socialdemocracia europea se fundaba en dos pilares: la memoria de las penalidades pasadas y la conciencia de lo mucho que se había alcanzado gracias a las reformas sociales impulsadas por la izquierda. Sin memoria ni conciencia de lo alcanzado, decía Judt, el socialismo democrático no tenía futuro. Judt hablaba con conocimiento de causa, porque había visto el hundimiento del laborismo británico en 2010 y presentía lo que le iba a ocurrir a la socialdemocracia europea en el nuevo milenio. El mundo líquido de los selfis y de los amigos entrañables en Facebook –esos amigos a los que no hemos visto nunca– no era el más propicio para una ideología que se alimenta de las evidencias sólidas y de los recuerdos imborrables.

Pero ahora hemos entrado en una nueva época en la que casi nadie sabe dónde está la diferencia entre la verdad y la mentira, o siquiera entre lo que es un hecho incuestionable o bien un relato ficticio y trucado de mala manera. La socialdemocracia era una doctrina que apelaba al raciocinio, a la frialdad emocional, al pragmatismo y también a una cierta austeridad moral, pero ahora poca gente sabe vivir sin recurrir al exhibicionismo más descarado durante las veinticuatro horas del día. ¿Cuántos simpatizantes habrían acudido a protestar frente a la sede del PSOE si supieran que allí no iba a haber cámaras de televisión? 

Y peor aún para la socialdemocracia; las generaciones más jóvenes no tienen memoria alguna de penalidades pasadas, sino de una prosperidad o al menos de una seguridad económica que parecía inalterable pero que de pronto se ha visto interrumpida de forma dramática. Y esas mismas generaciones tampoco tienen conciencia de los logros alcanzados en cuestiones sociales, porque están acostumbradas a vivir en un mundo en el que lo normal y lo pedestre es que la mayoría de servicios públicos sean gratuitos y estén al alcance de todo el mundo.

Lo que para una gran parte del planeta es un milagro inalcanzable –la educación gratuita, las becas, las pensiones, la sanidad pública...– para estas generaciones jóvenes tan sólo significa la fea escuela de la esquina o ese médico del dispensario al que creen idiota porque lo ven muy cansado y ojeroso y con poquísimas ganas de sonreír cuando pasa consulta. Nada más. Sólo las personas muy mayores recuerdan los años negros de la posguerra y lo difícil que era la vida entonces. Y por eso mismo, sólo esas mismas personas todas ya jubiladas o que van camino de serlo son capaces de apreciar lo mucho que le deben a la ideología que más ha hecho por extender los beneficios sociales al mayor número de personas. Y en estas condiciones, la socialdemocracia se ha quedado peligrosamente a la intemperie. Cada vez atrae a menos votantes y su electorado se ve reducido a personas muy mayores que viven en zonas rurales.

Ahora mismo, la socialdemocracia es como una vieja locomotora, sólida y resistente, pero que no tiene nada que transportar. La derecha ofrece consumismo, seguridad, narcisismo y la promesa de dinero (si ese dinero llega o no, eso ya es otra cosa). Y la nueva izquierda populista y gritona ofrece una hermosa coartada moral que permite hacer creer a quienes la votan que son más nobles y generosos que nadie (aunque ninguno haya arriesgado una uña para conseguir lo que tiene). Además, en estos últimos años la socialdemocracia ha intentado contrarrestar el descenso en votos aliándose con causas que en el fondo no tienen nada que ver con ella: la más importante es el nacionalismo identitario que está a punto de destrozar al PSC, pero no hay que olvidar los movimientos más o menos frikis que se pasan la vida quejándose de todo y que han hecho de la sospecha y del griterío la única base de su ideología, empezando por la ideología de género y terminando por los animalistas.
 
Poco antes de morir, Tony Judt dejó dicho que una sociedad bien organizada es aquella en la que conocemos la verdad de lo que somos como colectividad, no aquella en la que nos contamos mentiras agradables sobre quiénes somos. Ni que decir tiene que la socialdemocracia empezó siendo esa ideología fría y racional que contaba la verdad de lo que éramos como sociedad, pero ha terminado siendo una más de las que se limitan a contar mentiras agradables sobre lo que somos. Y lo malo para la socialdemocracia –o para el PSOE, en nuestro caso– es que ahora mismo hay mentiras mucho más atractivas. O mucho más narcisistas. O mucho más gritonas.

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