Crónicas galantes

Xenófobos sin fronteras

12.10.2016 | 21:41

Una tal Theresa May, que ejerce de primera ministra británica con modales de gobernanta de colegio de pijas, ha decidido darles puerta a los inmigrantes en el Reino Unido. Su gobierno pondrá a un lado a los extranjeros que sean útiles para el trabajo y agrupará en el otro a los inútiles condenados a la deportación. Si el acreditado common sense británico no pone freno a estos desvaríos, las consecuencias van a ser graves. Tendrán que hacer el petate algunos –o muchos– de los dos millones de ciudadanos de la UE residentes en las islas, entre los que hay más de 200.000 españoles. Y si May lleva sus propósitos al extremo, podría encontrarse con que no tiene suficiente personal autóctono y patriótico para cubrir, por ejemplo, las plantillas de su sistema de sanidad pública. Esto de deportar gente y seleccionar de entre los apestados a quienes puedan mantener en funcionamiento la máquina de producción evoca ominosamente los procedimientos del Tercer Reich; pero tampoco vamos a exagerar. En realidad, los extranjeros que le sobren a la estreñida –o estricta– primera ministra de Gran Bretaña serán devueltos, simplemente, a sus países de origen. No hay razón para pensar en campos de concentración, cámaras de gas ni atrocidades similares. Algunos despistados comparan a la ultraconservadora May con la liberal Margaret Thatcher, que proponía y puso en marcha un programa exactamente contrario al de la actual primera ministra. May es una reaccionaria ajena a las tradiciones del país que alumbró a Adam Smith e hizo del comercio y la libre circulación de las ideas la base de su larga prosperidad. Sorprende que un político tan obtuso y a contramano de la Historia como la mujer que hoy gobierna a los británicos haya surgido en una nación que fue cuna de la Revolución Industrial y casi siempre ha estado a la cabeza del progreso. La explicación habrá que buscarla en el auge de los populismos que, al calor de la crisis, no paran de extenderse. May, que obtuvo su cargo de rebote gracias al triunfo del Brexit, parece estar agradeciendo esa carambola. De ahí que asuma como propios los principios de algunas fuerzas ultraderechistas como el British National Party o el extravagante Partido para la Independencia del Reino Unido. Lo que propone es una especie de autismo político basado en el restablecimiento de las fronteras nacionales, el freno a la inmigración y la expulsión de los trabajadores extranjeros, entre los que ya incluye a los de sus antiguos socios en la UE. Otra que quiere ponerle puertas al campo. Infelizmente, la peste populista de la que forma parte May se propaga hasta el punto de que incluso en EEUU pelea ya por la presidencia Donald Trump, famoso hortera y amante de los muros. Es de esperar que se trate de un virus pasajero. De lo contrario, el mundo va a ser un lugar cada vez menos habitable con esta infame tropa de xenófobos sin fronteras.

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