Tierra de nadie

Digo yo

13.10.2016 | 22:57

Uno de los implicados en la Gürtel, no me viene ahora el nombre, confesó que en un restaurante le dieron un sobre con 150.000 euros que se fue a contar al cuarto de baño. Hay momentos en los que conviene detener la película para meditar unos instantes. Trato de imaginarme a mí mismo en esa tesitura, signifique lo que signifique tesitura. Me encuentro en un restaurante de lujo. He compartido con el tipo del sobre unas entradas exquisitas y de plato principal he pedido un besugo a la espalda. Solo el vino, blanco, cuesta 40 euros. Disfruto de los manjares que me ofrecen, claro, pero toda mi atención está puesta en los postres, cuando el chorizo con el que comparto mesa y mantel me hará entrega del sobre. No sé dónde lo lleva, si en la cartera o en el bolsillo. En el bolsillo, pienso, abultaría demasiado.

Yo soy un delincuente también, pero he venido arreglándomelas para no reconocerlo, para no confesármelo. Mi familia no sabe nada. Lo hago todo por ellos. Colegios privados, club de golf, automóviles de alta gama, segunda residencia€ Lo que mis padres no me pudieron dar. Existe un tipo de ceguera en la que el afectado no se da cuenta de que ha perdido la vista. Ello es posible porque, al tiempo de perderla, pierde también la capacidad de advertir que algo va mal. Cosas del cerebro. Yo he perdido la capacidad de darme cuenta de que soy un delincuente. De hecho, estoy rodeado de gente de bien, de personas de orden. Observen a los sujetos de la Gürtel: exministros, exalcaldes, empresarios. Todos bien vestidos, muchos de ellos de misa diaria. Y de derechas, lo que también es una garantía a la hora de juzgar la probidad de las personas.

Me veo en el espejo al afeitarme, y lo que encuentro al otro lado es un señor que ha sabido salir adelante en la vida. Que se lo ha tenido que trabajar, claro, pero mira esta casa de lujo, mira estos hijos sanos, mira esta esposa y compañera con la que mantengo la misma relación que cuando éramos novios. Ahora bien, llega el momento de retirarse a los servicios del restaurante y contar la pasta de forma clandestina. Quizá en la cabina de al lado hay alguien haciendo caca. En ese instante, el delincuente debería haberse dado cuenta de lo que ocurría. Y rectificar. Digo yo.

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