En corto

Las olas no vienen porque sí

14.10.2016 | 05:00

Quizás cabría definir el populismo como la dictadura de los estados de ánimo. Hay también algo de ese «tú déjame a mí» que nos sale cuando otro no logra arreglar algo, unas gotas del «se tú mismo» que tanto predican los anuncios y hasta un aromático de la dichosa «inteligencia emocional». Y, en fin, su aire es la cultura de lo instantáneo, la compra de impulso, el no ahorrar para tener, la información en tiempo real y la opinión en la red sobre la marcha. El populista pasivo se libera del sentido de la responsabilidad y disfruta de la libertad de elegir lo que en el momento de hacerlo le parece. El buen populista activo es otra cosa, su arte viene en directo de las técnicas de manipulación. Pero, atención, el populismo no existiría si la política y los políticos de siempre no se hubieran vuelto tan impopulares. Y esa, al final, es la cuestión, aunque habrá que seguir dándole vueltas.

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